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domingo, 6 de diciembre de 2020

EL NERVIO ÓPTICO de María Gainza

 


 Este es un libro hecho de miradas. Miradas sobre cuadros, sobre los artistas que los pintaron y sobre la intimidad de la narradora y su entorno. Este es un libro singular y fascinante, inclasificable, en el que la vida y el arte se entretejen. Consta de once partes: once partes que son once capítulos de una novela que relata una historia personal y familiar, pero que también pueden leerse como once cuentos, u once incursiones furtivas en la historia de la pintura, u once ensayos narrativos que tratan de desentrañar los misteriosos vínculos entre una obra pictórica y quien la contempla. En sus páginas el Greco trenza lazos secretos con un paseo por un bosque de secuoyas cercano a San Francisco, la enfermedad y la muerte; Rothko y el misterio de los cuadros para el Four Seasons del Seagram Building que se negó a entregar se entrecruzan con un hospital donde el marido de la narradora recibe quimioterapia y una prostituta se pasea por los pasillos; el aduanero Rousseau y el banquete que, entre la admiración y la mofa, organizó Picasso en su honor conectan con el miedo a volar... Y aparecen Hubert Robert y la fascinación por las ruinas; las andanzas de Misia Sert en París y Venecia; Toulouse-Lautrec deslumbrado por las estampas japonesas; el joven Fujita que, atrapado por Cézanne, decide irse a París; Augusto Schiavoni, al que acaso una médium ponga en contacto con su gemelo muerto en una sesión de espiritismo en Florencia; la decisiva visita de Alfred de Deux al taller de Géricault; la relación de Courbet con el mar... Y todo ello actúa como catalizador de las vivencias de la narradora, de las historias de su familia de clase alta, de la evocación de la ciudad de Buenos Aires, de la pasión por el arte, el dolor de la pérdida, la confrontación con la enfermedad, la vivencia del paso del tiempo, la banalidad cotidiana, el desasosiego... Este es un libro que habla de arte con erudición y de la vida con sabiduría. Y lo hace sin grandilocuencia, porque, como decía Cézanne, «lo grandioso acaba por cansar». El sublime resultado nos descubre una voz originalísima, que despliega sus múltiples recursos literarios con sutileza y osadía.

Prepárense para una lectura tan inteligente como inaudita. Gainza trenza elementos propios de la ficción, de la autobiografía, de esa mezcla de ambas que damos hoy en llamar autoficción y que ha existido desde que el ser humano escribió sus primeras letras. También hay divulgación acerca del mundo del arte, un recorrido personal por artistas, tendencias y anécdotas. El arte, el terreno en el que la autora ha desarrollado su actividad profesional durante años, sirve de trabazón a los fragmentos, que en ocasiones ahondan en lo emocional y otras se decantan hacia la explicación erudita. Así, se nos habla de maternidad, de abandono, pero también de Géricault, Sert o tantos otros.

Se percibe desde el principio que acaso el arte sólo sea un pretexto, o un mero recurso íntimo que facilita la veracidad del resto. El propósito del libro parece resumirlo su autora cuando afirma que “uno escribe algo para contar otra cosa”. El resultado es una inusitada joya. Una voz que sorprende a cada párrafo, un buen puñado de ideas interesantes, una mezcla muy bien ligada a partir de ingredientes inconexos, un evidente talento para contar cualquier cosa. En suma, un libro diferente que harán bien en leer.




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