El narrador es un hombre desesperado. Su esposa le ha dicho que ya no está enamorada de él. Su matrimonio se ha roto. El narrador y el autor están tan cerca, se parecen tanto, que decir que casi se tocan es quedarse corto. No hay distancia alguna entre el narrador y el autor. No la tolerarían ni la vanidad ni la exaltación. Una nota al principio del libro asegura que Islandia es una novela “porque las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas suelen ser inenarrables”. Entonces, si es una novela, ya no será ni un ajuste de cuentas con el pasado ni una memoria ni un cortocircuito emocional suspendido en un texto que tiene, como defectos, bastantes, pero como virtud, su parecido con el tiempo. Justo la única que dice perseguir.
Islandia son unas páginas
que dan vueltas y vueltas a un divorcio. Lo que diré ahora tiene que quedar
claro, porque es verdad, y luego seguiremos: su estilo es plano y reiterativo
(no en vano, el narrador declara que ni el estilo literario ni una guerra
mundial le importan al hombre que ha perdido a su mujer), la mitad de las
anécdotas que desflora, banales, y sus caídas en el ridículo, abundantes, con
esos pasajes de escritor español obsesionado con los premios y el éxito y ser
famoso, con esas pullas seguidas de cabriolas autoconmiserativas, con esas
horteradas (frecuentes, no una, ni dos ni tres) que Ana Milán reivindicaría a
gusto, “una varita mágica para sanar corazones devastados”, “a ella no se le ha
roto el corazón”, “de los traumas huyen hasta los traumatólogos”.


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