Me llamo Fatima Daas. Soy la
"mazozia", la menor, la hija pequeña. Mi padre esperaba que yo fuera
un chico. Soy francesa, de origen argelino. Musulmana practicante. Una chica de
Clichy que pasa más de tres horas diarias en el transporte público. Una
turista. Una chica de barrio que observa los comportamientos parisinos. Soy una
mentirosa, una pecadora. De adolescente, soy una alumna inestable. De adulta,
soy una superinadaptada. Escribo historias para evitar vivir la mía. He estado
cuatro años de terapia. Es mi relación más larga. El amor era tabú en casa, las
manifestaciones de ternura, la sexualidad también. Me creo partidaria del
poliamor. Cuando Nina apareció en mi vida, no sabía en absoluto qué necesitaba
ni lo que me faltaba. Me llamo Fatima Daas. Mi nombre es el de un personaje
simbólico del islam. Un nombre que no se puede ensuciar. En mi casa, ensuciar
es deshonrar. No sé si soy digna de mi nombre.
Herzi, la directora, hija de padre tunecino y madre argelina,
con su eterna cara de niña a pesar de haber cumplido ya 39 años, habitual del
mejor cine francés relacionado con la inmigración (Cuscús, La fuente de
las mujeres), y de un singular atrevimiento en papeles relacionados
con el sexo y el erotismo (Casa de tolerancia, Sex Doll...), ha
compuesto una película marcada por las miradas. Las miradas de los demás hacia
la protagonista: las de sus hermanas mayores, que la tildan de “machorra” y la
avisan de que vistiéndose y comportándose así “nadie” la va “a querer”; la de
su madre, orgullosa de que sea ya la tercera mujer graduada de una familia
sencilla; las de sus compañeros de instituto; la de un novio tradicionalmente
machista (y despistado), que quiere pedir su mano. Pero, sobre todo, las
miradas de ella hacia un mundo que comienza sobrepasándola, y al que se va
amoldando por un proceso natural en el que los golpes del destino van formando
cicatrices.

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