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jueves, 16 de julio de 2026

LA HIJA PEQUEÑA de Fátima Daas


 

Me llamo Fatima Daas. Soy la "mazozia", la menor, la hija pequeña. Mi padre esperaba que yo fuera un chico. Soy francesa, de origen argelino. Musulmana practicante. Una chica de Clichy que pasa más de tres horas diarias en el transporte público. Una turista. Una chica de barrio que observa los comportamientos parisinos. Soy una mentirosa, una pecadora. De adolescente, soy una alumna inestable. De adulta, soy una superinadaptada. Escribo historias para evitar vivir la mía. He estado cuatro años de terapia. Es mi relación más larga. El amor era tabú en casa, las manifestaciones de ternura, la sexualidad también. Me creo partidaria del poliamor. Cuando Nina apareció en mi vida, no sabía en absoluto qué necesitaba ni lo que me faltaba. Me llamo Fatima Daas. Mi nombre es el de un personaje simbólico del islam. Un nombre que no se puede ensuciar. En mi casa, ensuciar es deshonrar. No sé si soy digna de mi nombre.

Herzi, la directora, hija de padre tunecino y madre argelina, con su eterna cara de niña a pesar de haber cumplido ya 39 años, habitual del mejor cine francés relacionado con la inmigración (Cuscús, La fuente de las mujeres), y de un singular atrevimiento en papeles relacionados con el sexo y el erotismo (Casa de tolerancia, Sex Doll...), ha compuesto una película marcada por las miradas. Las miradas de los demás hacia la protagonista: las de sus hermanas mayores, que la tildan de “machorra” y la avisan de que vistiéndose y comportándose así “nadie” la va “a querer”; la de su madre, orgullosa de que sea ya la tercera mujer graduada de una familia sencilla; las de sus compañeros de instituto; la de un novio tradicionalmente machista (y despistado), que quiere pedir su mano. Pero, sobre todo, las miradas de ella hacia un mundo que comienza sobrepasándola, y al que se va amoldando por un proceso natural en el que los golpes del destino van formando cicatrices.




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