El temps de les cireres (que se traduce
como El tiempo de las cerezas)es una novela de
la escritoraMontserrat Roig, galardonada con el
premio Sant Jordi de novela en el año 1976 y que fue publicada por primera vez en 1976.[1]e
La novela relata el retorno a Barcelona de Natàlia,
después de haber vivido doce años en Francia e Inglaterra, y pocos días después
de la ejecución de Salvador Puig Antich. Natàlia pertenece a una familia burguesa de
Barcelona, la familia Miralpeix. Todos los personajes de la novela le intentan
buscar un sentido a la vida en una Barcelona marcada por los últimos años
del franquismo. El título de la
novela hace referencia aLe temps des cerisesde Jean-Baptiste Clément, poeta de
la Comuna de París, subrayando el deseo de encontrar un paraíso perdido. La novela está
escrita en tercera persona y se estructura en cinco partes: Pozas,
Aroma de otoño, Cuernos de caza, Quietud, Cabezadas de ángeles custodios y Solo
sueños.[2][3]En 2016 se presentó una versión de la novela en
formato de lectura fácil,
promovida entre el Departamento de Cultura de la Generalidad de Cataluña y la
Asociación Lectura Fácil. La adaptación se hizo coincidiendo con el vigésimo
quinto cumpleaños de la muerte de la escritora y periodista. El objetivo era
adaptar la obra para que fuera fácil de leer y de entender para personas con
dificultades lectoras. Son libros muy adecuados para personas recién llegadas
que están aprendiendo el catalán o para jóvenes y adultos con problemas de
aprendizaje o trastornos que afectan la capacidad lectora. La adaptación se
hizo siguiendo las directrices de la Federación Internacional de
Asociaciones de Bibliotecarios e Instituciones (IFLA)
en cuanto al lenguaje, el contenido y la forma. La novela contiene también una
breve biografía de la escritora y un pequeño apartado de contexto histórico que
enmarca los hechos que se relatan.[4]
«Muerte, sí, pero, sobre todo, amor. El amor que lo cambia todo.
Que nos transforma, transforma nuestra vida. El amor que llega, que pasa, que
queda. Al cabo, solo el amor queda. Es la mejor herencia, el mejor patrimonio.
Esta es una historia de amor. Una historia sin ficción escrita por una
novelista.»
Cuando su madre muere, la narradora de este libro descubre una
caja con cartas que llevan décadas esperándola. Contienen una historia de amor
inesperada —la de sus padres, Antonio y Claudina— y también el retrato de una
época, de dos familias —la de él, andaluza; la de ella, barcelonesa— y de un
país en plena transformación.
«Cuando ella quiso me contó lo que ocurría: había sacado del
armario la caja con las cartas de papá y las estaba leyendo de nuevo, por primera
vez en todos aquellos años. Las había clasificado por fechas, las había
guardado en sobres, me dijo. Le pregunté si podía leerlas. Contestó lo de
siempre.—Cuando me muera. Tardó un par de semanas en leer de nuevo todas las
cartas. Cuando terminó le pregunté qué tal. Su respuesta:—Me he vuelto a
enamorar de tu padre.»
Antonio Santos se apea del tren en la estación de Francia en
Barcelona un 22 de diciembre de 1955. Veintiséis horas con veintitrés minutos
de viaje y 1.137 kilómetros desde que el tren salió de la estación de Sevilla.
Junto a él, muchos otros que viajan en el Sevillano se dirigen a la
incertidumbre de un futuro que imaginan mejor al pasado que quedó atrás. Son
los años de las grandes oleadas migratorias. La chiquilla que lo espera seria,
nerviosa, se llamaba Claudia o Claudina Torres. Él va a conocer a su novia,
tras 12 meses de correspondencia.
«Voy a que me conozcan los tuyos, a que tus amigas sepan que
tienes un novio feo, a que me envidien tus admiradores, a que todas las piezas
del baile sean para mí, a hacerme una foto de galería contigo, a leerte todos
los versos que te gusten, a que se convenzan los inconquistables de que en
Andalucía hay algo más que tarambanas, a que me digas de una vez que te casarás
conmigo pase lo que pase, a vencer los vientos adversos de Doña Antiandaluces,
a decirle a tu madre que le queda andaluz para tiempo, a darte algo que te debo
y a traerme algo de ti.»
amor. El amor que lo cambia todo. Que nos transforma, transforma
nuestra vida. El amor que llega, que
pasa, que queda. Al cabo, solo el amor queda. Es la mejor herencia, el mejor
patrimonio. Esta es una historia de amor. Una historia sin ficción escrita por
una novelista.»
Cuando su madre muere, la narradora de este libro descubre una
caja con cartas que llevan décadas esperándola. Contienen una historia de amor
inesperada —la de sus padres, Antonio y Claudina— y también el retrato de una
época, de dos familias —la de él, andaluza; la de ella, barcelonesa— y de un
país en plena transformación.
«Cuando ella quiso me contó lo que ocurría: había sacado del
armario la caja con las cartas de papá y las estaba leyendo de nuevo, por
primera vez en todos aquellos años. Las había clasificado por fechas, las había
guardado en sobres, me dijo. Le pregunté si podía leerlas. Contestó lo de
siempre.—Cuando me muera. Tardó un par de semanas en leer de nuevo todas las
cartas. Cuando terminó le pregunté qué tal. Su respuesta:—Me he vuelto a
enamorar de tu padre.»
Antonio Santos se apea del tren en la estación de Francia en Barcelona
un 22 de diciembre de 1955. Veintiséis horas con veintitrés minutos de viaje y
1.137 kilómetros desde que el tren salió de la estación de Sevilla. Junto a él,
muchos otros que viajan en el Sevillano se dirigen a la incertidumbre de un
futuro que imaginan mejor al pasado que quedó atrás. Son los años de las
grandes oleadas migratorias. La chiquilla que lo espera seria, nerviosa, se
llamaba Claudia o Claudina Torres. Él va a conocer a su novia, tras 12 meses de
correspondencia.
«Voy a que me conozcan los tuyos, a que tus amigas sepan que
tienes un novio feo, a que me envidien tus admiradores, a que todas las piezas
del baile sean para mí, a hacerme una foto de galería contigo, a leerte todos
los versos que te gusten, a que se convenzan los inconquistables de que en
Andalucía hay algo más que tarambanas, a que me digas de una vez que te casarás
conmigo pase lo que pase, a vencer los vientos adversos de Doña Antiandaluces,
a decirle a tu madre que le queda andaluz para tiempo, a darte algo que te debo
y a traerme algo de ti.»
«Muñoz Molina no defrauda, la suya es una escritura cautivadora
que aboca a quien lee a zambullirse en las páginas, a apropiárselas en cierta
manera. El alma humana tiene quien le escriba.» Mey
Zamora, Cultura/s, La Vanguardia
«Un narrador poderoso que echa luz sobre los entresijos morales
de nuestra sociedad.» Santos Sanz
Villanueva, El Cultural
«Una enorme sensibilidad, una prosa hermosísima y una elegancia
que solo está al alcance de los grandes narradores.» Eva Cosculluela, Heraldo de Aragón
El verano de Cervantes surge
de toda una vida leyendo Don Quijotede la Mancha. Durante el proceso de escritura de
este libro, Antonio Muñoz Molina va entreverando recuerdos de su infancia y de
sus primeras lecturas con la revelación del lugar que Don Quijote ha ocupado en su vocación
literaria, mostrando además su influencia en otros autores, como Melville,
Balzac, Joyce, Thomas Mann o Mark Twain, que han consolidado la novela como la
forma narrativa suprema siguiendo la estela de Cervantes.
Una lectura apasionante y apasionada de Don
Quijote que mezcla de forma extraordinaria investigación literaria
y memoria personal, y que contextualiza la genialidad de la obra maestra de
Cervantes, lectura inagotable para entender el arte de la novela.
En palabras del propio Muñoz Molina, «un tema central en la novela es el
modo en que las ficciones afectan a la mente humana, la nutren, la entretienen
y pueden trastornarla cuando no sabe distinguirlas de la realidad. Esta
inquietud me parece más pertinente aún en estos tiempos en que tecnologías
mucho más poderosas que la imprenta tienen el poder de hipnotizar nuestras
mentes hasta un grado de delirio. Después de toda una vida leyendo Don Quijote, me gustaría que este libro pueda
acompañar a otros en sus propias lecturas».
Siempre pensé que nadie de mi familia había luchado en la Guerra
Civil; hasta que una vez, yendo a ver el Puente de la Culebra con mi padre,
viendo unos restos de unas posiciones nacionales que hay por allí, me dijo que
una vez en los sesenta había estado en esa zona de la Casa de Campo con mi tío
abuelo Pepe, y que emocionado le había enseñado las trincheras donde había
estado un tiempo peleando. Así que no tengo mucho trauma sobre nuestra guerra;
mi familia la pasó tranquila en Galicia y Portugal. Tampoco sé que haya habido
monjas, curas o militares. Somos una familia rara. Así que me atrae la Guerra
Civil por la fascinación de las guerras, como al Gervasio de Madera de héroe se me
pone el pelo como a Limahl al
oír una marcha militar.
Las armas y las letras es el mejor libro sobre la Guerra Civil que he leído, y
también el mejor manual de literatura española. Se me escapó aquella primera
edición de 1994, pero esta la he agarrado bien. Si el Diccionario de las vanguardias en
España es el bombardeo de neutrones primigenio que me hizo girar la cabeza
hacia mil artistas olvidados, el libro de Andrés Trapiello ordena todos esos
neutrones en una narración por entregas, en la que la habilidad del autor es
tal que por muy repulsivos que sean los actos cometidos por falangistas en
Salamanca, artistas en Valencia, exiliados en París o extranjeros en Madrid, lo
primero que haces al acabar cada capítulo es ir a Iberlibro a buscar
los casi siempre desaparecidos libros de los protagonistas. Aunque sigan
editándose hasta la náusea libros-disparo a un lado y otro del campo de batalla
creo que es ahora cuando mejores textos sobre aquella época están apareciendo,
como el espectacular documental y libro El
honor de las injurias, justo del autor de la magnífica portada
de Las armas y las letras, Carlos García-Alix.
Trapiello te arrolla con la multitud de historietas sobre el
comportamiento de los escritores por toda España notándosele, como debe ser,
sus preferencias por Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Machado o Azaña (menuda alineación
elige el listillo) y también sus rechazos, donde Cela, Alberti o Picasso se llevan
unas buenas y merecidas andanadas. Todo ese cariño hace que los capítulos de
sus preferidos sean los más emocionantes, y aunque todo el mundo se sepa de
memoria (memoria cambiante según la persona, por supuesto, que estamos en el
tema favorito de los españoles o, al menos, de los intelectuales) la mítica
bronca entre Unamuno y Millán-Astray en
Salamanca, el texto es irresistible. Al igual que el melancólico y cinematográfico
final de Antonio
Machado y el viaje de dos días en coche desde Burgos
de Manuel para
velar a su hermano y a su madre. Esos capítulos y el último de Azaña deberían ser
libros de texto
Nativel Preciado protagoniza su
nueva novela: un relato tierno e intrigante sobre una maravillosa herencia que
revoluciona la vida de una familia.
Una veterana periodista y
escritora, premiada y alabada por la crítica, sigue trabajando
infatigablemente en tertulias de la tele, periódicos, clubs de lectura, viajes
continuos y, para colmo, escribe novelas por la noche. Sus hijos temen por su
salud y le piden que lo deje, pero ella se niega a jubilarse porque, a
estas alturas de su vida, se ha gastado gran parte de sus ahorros.
De pronto, recibe la noticia de que Luisa, una tía lejana que
hizo fortuna en México, ha muerto y la ha nombrado
su heredera. Recuerda que, en otros tiempos, Luisa era propietaria
de un ático de lujo, joyas de gran valor e incluso de un Picasso. Eso sí, para
heredar tiene que cumplir un requisito ineludible: ocuparse,
hasta el fin de sus días, de la querida mascota de su tía; un enorme, viejo y
peludo bobtail llamado Lennon, testigo de todos sus secretos.
Algo incrédula ante el golpe de suerte, la heredera se
pregunta por qué ella ha sido la agraciada. ¿Por
qué no el resto de sus sobrinos? ¿Qué quedará de su magnífica colección de
joyas y obras de arte? ¿Resolverá con la herencia todos sus problemas
económicos? De momento, tendrá que trasladarse a un ático abandonado con el
perro, donde irá descubriendo la misteriosa vida de la tía Luisa y lo poco que
queda de su fortuna. Así comienza la aventura de una mujer, sus dos hijos y un
perro, que culmina con un final inesperado.
Tú, español como yo, si has nacido en una generación anterior a
este milenio, tienes una relación íntima con Francisco Franco. Tú, europeo, si
no con él, la has podido mantener con cualquier sátrapa del continente. Tú,
latinoamericano, sabes perfectamente de dónde viene ese torrente oscuro que por
esas tierras ha traído al mundo tantos Tiranos Banderas, tantos
Perones, Trujillos, Fideles, Videlas y Pinochets… En esta novela, Jesús Ruiz
Mantilla, a través de la figura de Francisco Franco como símbolo del autoritarismo
occidental y de su relación de tú a tú con él, realiza un recorrido por lo que
fue la vida íntima y pública del dictador, ahonda en los resortes que han
marcado y siguen marcando nuestra vida y la del país que gobernó: su infancia
con un padre que lo humillaba, su juventud temeraria en el Ejército que lo
conformó como hombre capaz de convertirse en un maestro del terror, su ambición
desmedida de poder, su capacidad camaleónica para triunfar en política, su
hábil uso de los elementos de manipulación pop –del cine a la televisión o las
revistas del corazón como ¡Hola!–, su ambigüedad maquiavélica para adaptarse a
las circunstancias y sobrevivir a Hitler, a Mussolini o andar al tanto de cómo
se las gastaba Stalin, marear a los Borbones y saber negociar con los
estadounidenses sin dejar de sacar partido de sus compinches latinoamericanos…
Tratado como personaje de ficción, con el rigor histórico de la
biografía, el pulso del periodismo y el ensueño surrealista de la novela,
Franco aparece en estas páginas junto a documentos inéditos relacionados con su
economía familiar, su biblioteca personal, las relaciones con la Iglesia, su
desprecio a José Antonio Primo de Rivera o cartas y mensajes que dan prueba de
su relación con Hitler o Churchill. Con todo ello, Franco y yo cuenta
una historia colectiva de caída en el abismo y conquista de la libertad y la
democracia, con quienes la vivieron como protagonistas y destinada también a
las futuras generaciones para que no tengan que revivir aquel espanto.
Contigo
en la distancia, de la chilena Carla Guelfenbein, es la novela
ganadora del premio Alfaguara. La trama se centra en la vida de una ficticia
“escritora de culto” chilena llamada Vera. Al comienzo de la obra, la
protagonista está en coma, debido a una caída que sufrió en su casa.
Por medio de la narración
de tres personajes distintos, la vida de Vera va revelándose poco a poco. El
primero de estos personajes es Daniel, el vecino que la encuentra tirada luego
de la caída. La autora aprovecha la narración en segunda persona para
exponernos lo que piensa este narrador sobre la anciana escritora. Los otros
dos personajes que dan voz en la novela son Horacio (un viejo amante de Vera,
escritor y embajador) y Emilia (una estudiante de tesis francesa, que busca
información acerca de la autora). La narración de estos dos personajes se da en
primera persona.
Con estos tres diferentes
puntos de vista, conoceremos la intriga amorosa que ha tenido Vera, desde la
década de los cincuenta hasta el presente. Con Daniel conoceremos sobre la vida
reciente; con Horacio descubriremos el pasado y, por medio de Emilia, nos
enteraremos de los significados de esa intriga, así como de los acontecimientos
que afectan a los otros dos narradores.
A pesar del intento de
crear cierto aire misterioso sobre la vida de la protagonista y cómo afectó a
los demás personajes, la obra resulta predecible. A mitad del camino, los
lectores sabrán cuál será el desenlace de la trama y se preguntarán por qué la
narración da tantos rodeos para revelarla. El lenguaje introspectivo de los
tres personajes es cursi y dificulta el que pueda distinguirse fácilmente una
voz narrativa de la otra. Aunque hay un intento de que los protagonistas luzcan
interesantes y extraordinarios, el objetivo no se alcanza. Los diálogos son
melodramáticos, y las acciones, inverosímiles. A pesar de que la novela
presenta triángulos amorosos, misterios con inspectores policiales, nazis (los
villanos favoritos de la cultura popular) y hasta linajes secretos entre los
personajes, la novela no logra ser entretenida. Tal vez la insistencia en
distraer la atención de la trama no dejó espacio para crearles problemas
concretos a los protagonistas.