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sábado, 15 de febrero de 2020

MEMORIAS DE UNA DAMA de Santiago Roncagliolo



En este libro se nos cuenta la vida de un escritor peruano, que se parece demasiado al propio autor, en la situación de un inmigrante ilegal en España que lucha por unos papeles y también por publicar su primer libro. De pronto, tiene un golpe de suerte; una dama de la alta sociedad dominicana, Diana Minetti, le contrata para escribir sus memorias y así nace una crónica de la política centroamericana en Cuba, República Dominicana y Estados Unidos, en la que cambia el tono y el punto de vista capítulo a capítulo, y se mezclan las peripecias de un pobre peruano ilegal en nuestro país con los avatares de la oligarquía y los poderosos en esos países.

Unas memorias ligeras, afectadas, un poco snob, ingeniosas y muy divertidas, a ráfagas también descreídas y con una gotas de cinismo, que se leen con una sonrisa en los labios y el desconcierto de no saber a ciencia cierta qué es realidad y qué es ficción, qué partes son autobiográficas e históricas y qué partes han sido inventadas por Roncagliolo. ¿Hasta qué punto es cierto lo que se cuenta de Trujillo, de Lucky Luciano, de Batista, la CIA, el FBI y unos cuantos personajes reales? ¿Son las memorias de una dama o de un escritor peruano? ¿Fantasea Diana Minetti cuando le cuenta su vida a su biógrafo? ¿Nos engaña el protagonista de esta novela inclasificable? ¿O quizás es el autor el que nos toma el pelo como quiere?

Hay varios temas que atraviesan la novela como vetas de minerales preciosos, temas que resultan buenísimos, como la crítica y retrato del gran Mario Vargas Llosa, la descripción absurda y delirante de los pasos a seguir para que un ilegal pueda sobrevivir en España, la caricatura de un editor de primera fila, la descrpción de las fajitas de papel que publicitan un libro y mil anécdotas increíbles.

Hay tantos planos de realidad en este texto que no es fácil saber dónde está la verdad. Sin embargo, al final le queda al lector la sensación de que todo lo que se cuenta es más cierto de lo que parece y creo que Roncagliolo no va a poder visitar varios países caribeños en mucho tiempo, porque no sería muy bien recibido que digamos.

El caso es que tengo entendido que Diana es en realidad Nelia Barletta de Cates, perteneciente a una de las familias dominicanas más poderosas y el libro se ha distribuido sólo en tres países, sin publicidad, ni giras, y ya resulta difícil encontrarlo a pesar de estar puiblicado sólo hace cuatro años..

Un libro muy bien armado, posmoderno, fragmentario, caleidoscópico, curiosamente autorreferente porque en él se detalla cómo se ha escrito y además aparece un tal Santiago Roncagliolo, como un personaje más. Una novela genial, muy conseguida, con mucha enjundia, que mezcla géneros aparentemente tan dispares como la novela, el reportaje, la crónica, las memorias y la historia contemporánea


sábado, 8 de febrero de 2020

TOTALIDAD SEXUAL DEL COSMOS de Juan Bonilla



Totalidad sexual del cosmos parece un título bastante loco pero tiene mucho sentido, pues se trata de una cita literal de la propia Nahui que resulta útil para dar la medida de su pensamiento y su estética, para bien y para no tan bien: un concepto complejo, entre científico y metafísico, en parte ingenuo y en parte provocador, en todo caso ajeno a cualquier intento de resultar convencional. Su biografía es carne de narrativa: hija de un ministro defenestrado que inventó un tipo de fusil semiautomático, protagonista de algunas historias de amor que vivió con una impudicia que hoy reconocemos como un gesto político, mito erótico de su generación pero, qué sorpresa, minusvalorada como creadora… Aquí había una novela, desde luego, y también algunos debates pendientes.
En una decisión estructural inteligente, Bonilla plantea los diferentes capítulos como renovadas encarnaciones o mudas de piel de Carmen/Nahui, cuyas principales obsesiones son “dejar huella” y tensar al máximo su propia idea de libertad. En el último tercio del libro, descubrimos la verdadera naturaleza de la voz narrativa y así entendemos mejor el tono de enamorado que la caracteriza: en esas páginas, necesarias para que la novela adquiera sentido pleno, la mujer evocada deviene presencia más allá de su propia muerte. Ahora es una fotografía hipnótica, un tema de investigación, un capítulo reivindicable de la historia, e incluso una incorporación tardía al canon… Pero también, como advierte José Emilio Pacheco en un pasaje del libro, Nahui se convierte en un icono potencialmente comerciable, mitificable y banalizable. En fin, lo que podríamos llamar “el mal de Frida”, otra figura sin duda fascinante de la que el mercado, con excusas de un cinismo espléndido, no ha dejado ni los huesos.
Aquí es donde Totalidad sexual del cosmos obtiene su mayor éxito: su aproximación a Nahui es poliédrica y no renuncia a la ambivalencia, tal vez porque sabe que la memoria mal entendida se convierte en “el órgano falsificador por excelencia, un palimpsesto que lo que busca con tanta visita a un hecho cualquiera es deformarlo hasta que no quede nada de lo que alguna vez fue”. Para evitar semejante error, o al menos para preservarse de la tentación parasitaria, la novela concibe la lectura del pasado como una forma de amor, por lo tanto de respeto, y casi siempre está a la altura del planteamiento
Quizás la aportación más lúcida de Nahui Olin fuera el modo en que subvirtió los conceptos encorsetadísimos de “musa” o “modelo”, proclamando con toda la razón que era ella, y no el fotógrafo ni el pintor, la verdadera creadora de sus retratos y desnudos. Nada de objeto: he ahí, en esas imágenes, un sujeto que impone sus propias reglas y su propia poética. La lectura en clave feminista del personaje de Carmen Mondragón no es unívoca ni carece de pequeñas aristas, pero se impone de un modo claro en tanto que su historia permite hablar de las maternidades conflictivas, una sexualidad y corporalidad no subordinadas a la mirada del hombre ni a los esquemas convencionales del género, las trampas del amor-pasión y el pensamiento monógamo, y desde luego el borrado condescendiente del protagonismo femenino en la cultura (la homosexualidad de su esposo, Manuel Rodríguez Lozano, abre otras puertas no menos relevantes)


sábado, 1 de febrero de 2020

EL AÑO CERO de Ariadna G. García


El personaje principal (y la narradora) de El año cero es Minerva, una joven de 31 años, que en su juventud fue una atleta con una carrera relevante y que en la actualidad es bombera en Madrid. Minerva es la diosa de la sabiduría, según la mitología griega, y aquí Ariadna parece hacer un juego con su propio nombre clásico, que en la mitología griega siginifica “muy pura”, la mujer que ayudó a Teseo a derrotar al Minotauro.

Otro de los personajes principales de El año cero es Gezabel, una compañera de trabajo de Minerva. Antes de ser bombera, Gezabel era militar.

Atleta, bombera, militar…, como vemos, Ariadna elige para sus personajes femeninos profesiones que tradicionalmente se han considerado masculinas. Igual que ocurría en Inercia, sus personajes femeninos son fuertes, decididos y (como ocurre aquí con Minerva y Gezabel) idealistas.

En estas páginas aparecerá, por ejemplo un capitán de bomberos del que se apunta en la novela que piensa que las mujeres restan eficiencia al parque, o más tarde un jefe de la policía de antidisturbios que al quitarse el casco Minerva le espetará un anacrónico «Mujer tenías que ser».

El año cero es una novela que reivindica la presencia femenina en cualquier estrato social.

El año cero también es una historia de amor, que reivindica el amor homosexual femenino. Minerva es una mujer reservada que teme sufrir por amor. Se siente atraída por Gezabel, pero no sabe tan siquiera si ella se siente atraída por las mujeres.

En el pasado ya ha sufrido la intolerancia de terceros ante una relación homosexual, como en el caso del padre de su exnovia.

Minerva y Gezabel comenzarán una relación. Hasta ahora Gezabel pensaba que era heterosexual. «Mi familia es muy tradicional –se desahoga–. Nunca entenderían esto. Ni siquiera tengo claro que lo comprenda yo… Es que yo… yo no soy lesbiana, ¿sabes?», de dice Gezabel a Minerva. «El mundo no es blanco o negro», le contestará Minerva. En realidad, El año cero parece una novela escrita en contra de aquellos que piensan que la realidad es únicamente blanca o negra.
En una nota final se apunta que la novela está escrita entre los años 2014 y 2019. Aunque, como ya apunté, el tiempo narrativo nos remite a 2018, se plasman aquí muchos de los conflictos sociales que fueron muy relevantes entre 2008 y 2014. Por ejemplo, Minerva y uno de sus compañeros van a ser sancionados porque no quieren, como bomberos, participar en el desahucio de una familia.

Se insinúa también que más de una de las intervenciones profesionales del parque de bomberos en el que trabaja Minerva tienen que ver con suicidios motivados por problemas económicos, algo sobre lo que la prensa miente. Así que también se denuncia aquí la independencia del periodismo.

Otra de las grandes presencias de la novela es la corrupción: laboral y política. Desde puestos relevantes concedidos a dedo hasta tráfico de armas con países en guerra. Desde luego no se puede hablar en el caso de El año cero de falta de ambición, porque Ariadna nos habla aquí incluso de tramas internacionales con Yemen o Arabia Saudí.

sábado, 25 de enero de 2020

EL AMANTE URUGUAYO de Santiago Roncagliolo



La leyenda de Federico García Lorca y su muerte no tiene fin; todavía no se sabe donde están sus restos, y ahora el redescubrimiento, por parte del escritor Santiago Roncagliolo, de Enrique Amorín, un millonario que fue amante del poeta cuando estuvo en Uruguay, deja en el aire si éste pudo robar su cadáver.
Una apasionante historia que el peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ha plasmado en 'El amante uruguayo. Una historia real', publicado por editorial Alcalá; una monumental investigación por el Buenos Aires de los años treinta, la guerra civil española y el París de posguerra, y por la historia de los máximos creadores del siglo XX, como Picasso, Chaplin, Neruda o Borges.
Y una investigación que empezó con el interrogante de saber si sería verdad que Enrique Amorín, un escritor seductor, comunista, homosexual casado, y uruguayo y argentino a partes iguales, había robado el cadáver de Lorca, como él mismo dijo tras haber hecho un homenaje en 1953 en Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina ante multitud de gente, para enterrar una caja blanca -que se supone que contenía sus huesos- y levantar un monumento al poeta.
"Cuarenta y ocho años después, el monumento y su misterioso contenido siguen ahí, intactos", dice a Efe Roncagliolo, "pero nadie quiere decir ni una palabra sobre si es verdad o no".
Cierta o no, la historia le pareció fascinante al escritor peruano porque, a raíz de la misma, descubrió que detrás existía un personaje de novela total, y se puso en marcha para investigar todo su legado.
"Amorín era un escritor, bueno, más personaje que escritor -dice el autor-, con 40 libros escritos pero con poca memoria de ellos, que se sabía todos los secretos de los artistas del siglo XX. Su vida era su mejor obra. Sabía mucho y no lo podía contar, porque en los 50 no se podía hablar de la homosexualidad de Lorca o de Jacinto Benavente, o de los dudosos manejos del partido comunista, en el que él mismo militó", argumenta el autor de "Abril rojo".
Y es que Roncagliolo cree que Amorín, al que todos los artistas le pedían dinero, entre ellos Picasso, aunque luego se lo cobraba caro, dejó un vasto material para que alguien escribiese su vida. "Y me tocó a mí -reconoce el escritor-, aunque en realidad su vida está llena de enigmas".
"Si los restos de Lorca están donde dice él que los dejó, es un hecho histórico; pero, si no, es su última burla del mundo intelectual que nunca le tomó en serio", subraya.


sábado, 18 de enero de 2020

CLEMENCIA A LAS ESTRELLAS de Agustina González


Asombra, todavía, el silencio y el olvido que se cernieron tras su asesinato sobre una personalidad tan impactante y distinta. Pese a que su leyenda sigue formando parte de la mitología de una ciudad que en tiempos de Lorca alcanzó sus cimas de intensidad y desgarro, ni siquiera un final tan trágico como el del propio Federico ni el hecho de que el poeta se inspirara en ella para escribir La zapatera prodigiosa sirvieron para incluir a Agustina González en la nómina de genios de una generación cuya condena fue adelantarse décadas (o siglos) en su filosofía de vida y sus métodos.
Natural humanista y socialista convencida, defensora de una acción política que buscara únicamente el bien común por encima de intereses personales, detractora del belicismo y de la ineptitud de los políticos, lo que impulsaba a hablar a Agustina era la rebelión ante lo injusto asumido y lo absurdo normalizado. Siguiendo la corriente de sus pensamientos a lo largo de estos ensayos, que ella misma se encargaba de imprimir y vendía en el escaparate de su zapatería, descubrimos a una mujer honesta, fiel a sí misma, de una lucidez transparente, enemiga de la mentira y la hipocresía, sincera y valiente hasta las últimas consecuencias, a quien los juicios adversos no hicieron sino endurecerla y reforzarla en sus convicciones.
Crítica con el servilismo, la avaricia y la soberbia, dignificó a obreros y campesinos, se burló de señoritos ricos de vida holgazana y resuelta que despreciaban a las clases inferiores, ideó numerosos métodos para mejorar la vida diaria en las ciudades y para erradicar la ignorancia de las masas, denunció los peligros del fanatismo, enarboló el feminismo como una de las banderas más necesarias en la construcción de un país futuro con plena igualdad de derechos entre hombres y mujeres, concibió a Dios de modo panteísta y demostró, además de un inmenso apego a la vida, una imaginación y creatividad que el fascismo segó de raíz. Pero sus asesinos no consiguieron callar su voz, que hoy compartimos, ni enterrar sus ideas. Aquí están, recopiladas por primera vez, para que no vuelvan a caer jamás en el negro abismo del olvido.
Agustina nació en Granada el 4 de abril de 1891. Lectora voraz, inquieta y preocupada por el mundo que la rodea, desde niña confiaba encontrar en los libros las respuestas a las preguntas que la acechaban. Después de cursar sus estudios primarios en el Real Colegio de Santo Domingo de Granada, donde demostró también un inusitado interés por la astronomía y las ciencias, su familia valoró en asamblea si la adolescente podía o no leer cuanto deseaba, seguramente sospechando ya, o temiendo, que la chica despuntara intelectual y preguntona. La resolución fue favorable en parte, porque pese a que no se le prohibió del todo la lectura, sí se la sometió a una vigilancia estricta que causó en Agustina periodos de ansiedad y nerviosismo de los que intentaba escapar disfrazándose con las ropas de sus hermanos para caminar libre por las calles. Una natural predisposición a la curiosidad por las cosas del mundo le lleva a seguir leyendo a escondidas de sus hermanos, a interesarse por las ciencias, por la religión, por los debates políticos… La joven Agustina divaga, imagina, se recrea, rememora amoríos y cortejos de adolescencia, sueña con un futuro que nunca podrá ver. Juega con los roles de género y los tergiversa, se atreve a desafiarlos, a comprobar hasta qué punto nos condicionan y nos determinan

sábado, 11 de enero de 2020

EL ABRECARTAS de Vicente Molina Foix



Esta nueva novela de Vicente Molina Foix se halla tan impregnada de recuerdos y experiencias personales, tan nutrida de elementos cronísticos que resulta a veces problemático deslindar la ficción inventada de la realidad y sus diversos estratos de transformación artística. Si atendemos al fondo del asunto, nos hallamos una vez más ante la reconstrucción de una larga etapa de la historia española, entre 1929 y 1999, si bien la novedad más llamativa reside en el hecho de que la historia se erige fragmentariamente, a base de yuxtaponer casos concretos centrados en distintos personajes -activistas políticos, policías, delatores, cineastas, estudiantes, etc.- cuyas circunstancias se narran en una serie de cartas que diversos corresponsales se dirigen y cuyas informaciones permiten al lector recomponer sin demasiado esfuerzo las vidas evocadas y el entorno histórico y social en que transcurren.
Numerosas cartas y varios informes policiales forman el entramado verbal de El abrecartas. Personajes de ficción se mezclan con individuos reales, como Vicente Aleixandre o el cineasta Antonio Maenza, e incluso el autor aparece fugazmente mencionado, junto a algunos compañeros, en un par de ocasiones. Hay, pues, seres reales que actúan, que reciben y contestan cartas -como Aleixandre-, junto a personajes que a veces parecen encubrir a personas existentes y que invitarán tal vez a ciertos lectores a considerar El abrecartas como una novela en clave, de ésas cuyo principal aliciente suele ser el rastreo de las identidades que se ocultan bajo nombres ficticios, es decir, algo sin demasiado interés literario. Como obras en clave han sido leídas con frecuencia muchas obras, desde las églogas de Garcilaso o la Diana de Montemayor hasta Troteras y danzaderas, de Pérez de Ayala, o El Giocondo, de Francisco Umbral.
Al margen de todo ello, el riesgo que había en el planteamiento de El abrecartas tenía una doble vertiente: la proporción de los componentes y la variedad estilística. En cuanto a lo primero, hay que reconocer que existen numerosos desequilibrios entre unas y otras historias, tanto por su extensión como por su intensidad. La de Rafael González Sanahuja, o la de Alfonso Enríquez y Manuela, se hallan muy por encima del relato de las disidencias universitarias -que repite demasiado al Molina Foix de La quincena soviética– o de los episodios relativos a los jóvenes vanguardistas que narra Francis en sus cartas a Begoña, por interesante que sea la figura de Maenza, muy bien perfilada. En cuanto la novela de Molina se acerca decidida y abiertamente a la realidad sin apenas disfrazarla, sin trascenderla (como supo hacer Valle-Inclán, por ejemplo, en las novelas del Ruedo ibérico); en cuanto se reviste de crónica, en suma, se mantiene en la superficie e incluso cae en la trivialidad y en lo consabido. Alza el vuelo, en cambio, las pocas veces en que la ficción domina. Por otra parte, los epistológrafos son tan distintos por su edad, su formación y sus intereses, que sus cartas exigían un tratamiento literario más diferenciado. En cambio, su estilo es demasiado parecido. No basta apoyar la verosimilitud de cartas y escritos acudiendo a ciertos artificios externos, como las palabras tachadas o las apostillas manuscritas al margen. Destacan, por su rigurosa elaboración idiomática, los informes policiales, en los que, sin embargo, también se ha hecho uso de material ya existente. Así, la carta en que el gallego Douze se ofrece como delator (págs 59-60) reproduce con fidelidad un documento aireado hace años y atribuido a un conocidísimo escritor.


sábado, 4 de enero de 2020

EL COLOQUIO DE LAS PERRAS, de Luna Miguel



Recuperando el título de un pequeño cuento con el que la puertorriqueña Rosario Ferré analizó la misoginia literaria en los años 90, este 'El coloquio de las perras' pretende ser un homenaje a las escritoras hispanohablantes que sortearon todo tipo de obstáculos para hacer su literatura. Desde populares figuras como Elena Garro, Gabriela Mistral o Alejandra Pizarnik hasta otras más desconocidas como Alcira Soust Scaffo, Agustina González López o María Emilia Cornejo, la periodista y poeta Luna Miguel entabla una conversación llena de ladridos con una docena de mujeres, con la voluntad de que sus obras sean leídas y reivindicadas, y tal vez con la esperanza de que la egoísta y peligrosa raza del “escritor macho” quede de una vez por todas extinguida.
“El boom latinoamericano fue totalmente machista” aseguró la escritora chilena Alejandra Costamagna en una entrevista. No nos costará darle la razón si nos paramos a pensar en el desconocimiento profundo que tenemos de la literatura latinoamericana escrita por mujeres y producida durante todo el siglo XX. Tampoco sería descabellado decir que ese machismo es el que ha impregnado al mundo editorial español durante décadas, y que es solo ahora cuando por fin empezamos a leer, desprendiéndonos de prejuicios, a las autoras olvidadas de la Generación del 27 y precedentes. Recuperando el título de un pequeño cuento con el que la puertorriqueña Rosario Ferré analizó la misoginia literaria en los años noventa, El coloquio de las perras pretende ser un homenaje a las escritoras hispanohablantes que sortearon todo tipo de obstáculos para hacer su literatura. Desde populares figuras como Elena Garro, Gabriela Mistral o Alejandra Pizarnik hasta otras más desconocidas como Alcira Soust Scaffo, Agustina González López o María Emilia Cornejo, la periodista y poeta Luna Miguel entabla una conversación llena de ladridos con una docena de mujeres, con la voluntad de que sus obras sean leídas y reivindicadas, y tal vez con la esperanza de que la egoísta y peligrosa raza del “escritor macho” quede de una vez por todas extinguida.