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domingo, 15 de marzo de 2020

ZULEIJÁ ABRE LOS OJOS de Guzel Yájina



Todo cuanto se narra en esta novela es tan desgarrado y brutal, y resulta  tan ajeno a la experiencia vital del lector medio que incluso la descripción de cómo se tomaba un baño en la Rusia campesina del siglo pasado resulta una experiencia fascinante. Claro que las condiciones ambientes eran extremas porque en una isba tanto la letrina como la caseta de baños (muy similar a la actual sauna nórdica) se encontraban fuera de la casa, lo cual, teniendo en cuenta que las temperaturas podían alcanzar bastantes grados por debajo del cero, imponía la obligación de empezar por limpiar la nieve que cubría el sendero entre la casa y el baño; allí había que encender el fuego para calentar la estancia y el agua, hecho lo cual se podían efectuar la abluciones: la descripción de las prendas que era necesario vestir para no morir congelado durante el traslado desde la casa es otro ejercicio de estilo casi surrealista.
Y en general pasa un poco lo mismo con el resto de una narración centrada en Zuleijá, la esposa tártara que va a sufrir un inmisericorde proceso de reeducación moral resumido en el título bajo el eufemismo de “abrir los ojos”. Visto desde fuera, las condiciones de vida de una mujer perteneciente a una etnia minoritaria  y considera inferior eran tan miserables y cercanas a la esclavitud (un marido ruso brutal y maltratador, una suegra viperina y sin más ocupación en la vida que martirizar a su nuera y un régimen de trabajo doméstico que empezaba al amanecer y no terminaba hasta bien entrada la noche) que no podían ser peores si por aquellas cosas de la vida era acusada de ser una kulak y deportada a Siberia junto con otros miles de terratenientes y campesinos ricos que además de ser desposeídos de sus bienes eran hacinados en vagones de transporte de ganado y enviados a remotos campos de trabajo para su reeducación. Pero sí, resulta que en esta vida siempre  se puede ir a peor.
Aunque de religión musulmana, con todas las cargas que esa fe impone a la mujer, en el inicio de la narración Zuleijá vive con intensidad las  creencias heredadas de sus antepasados tártaros, en especial la convivencia con espíritus como el basu kapka iyase, encargado de evitar que los malos espíritus traspasen los límites del pueblo y  al que se puede comprar con golosinas para que interceda ante el zirat iyase, el guardián del cementerio. Pese a los duros castigos que puede costarle su acto, Zukleijá comete la osadía de robar alimentos en casa de su marido para comprar al guardián y asegurarse el bienestar de sus cuatro hijas, muertas al poco de nacer y enterradas en ese cementerio. Y tiene un gesto que resulta enternecedor porque una vez ante sus tumbas se ocupa de cubrirlas bien de nieve para que las niñas “descansen abrigadas y en paz hasta la llegada de la primavera”.
Un aspecto muy de agradecer, es que pese al tono despiadado y bestial que predomina en la narración (y cómo podría ser de otro modo si se están describiendo las  peores purgas de Stalin)  Gucel Yájina, la joven autora, no olvida que está hablando de personas, es decir seres capaces de las peores atrocidades y también de conservar sentimientos que los ennoblecen: generosidad, compasión, empatía o cariño, aunque es innecesario señalar que todo ello se prodiga más entre las víctimas que entre  los verdugos.
Otro aspecto impagable de esta novela es que ocasionalmente la autora deja la narración en manos de personajes tan logrados  como el profesor Wolf Karlovich Leibe, un eminente maestro y cirujano al que la naturaleza le ha borrado piadosamente la consciencia y por lo tanto no se ha enterado de que la Revolución le ha despojado de todos sus cargos, honores y bienes y que de milagro no ha sido fusilado porque las autoridades soviéticas le consideran un espía alemán. Para culminar su acto de bondad, la naturaleza no le ha privado también de su saber y su actividad como médico será una bendición para los deportados cuando él también sea enviado a  Siberia. Zuleijá abre los ojos enlaza con naturalidad con la gran tradición de la novelística rusa, pero con unos toques de modernidad muy positivos.


sábado, 7 de marzo de 2020

VOZDEVIEJA de Elisa Victoria



Hay libros que emanan un aroma, y es extraordinario que esto suceda desde las primeras líneas: “El vestido de gitana de mi madre acecha oscuro encima del armario”. En este Vozdevieja, de Elisa Victoria, ocurre el milagro. Desde la primera página se anticipa un universo que nos seduce. Es parecido a un amor a primera vista y no hay por qué desconfiar de esa rendición, sino entregarse de la manera más inocente posible. El aroma de esta historia es el de los veranos sofocantes de Sevilla, una mezcla de la flor de azahar que brota hasta en la esquina más hostil y de los olores domésticos propios de barrios de la periferia en donde el sol cae ardiente sobre las calles peladas y desiertas a la hora de la siesta. Estamos en el verano del 92, en ese año en el que solo los aguafiestas se rebelaban ante la abrumadora celebración del despilfarro, del triunfalismo, del lavado de cara de las ciudades que no modificó los barrios populares. A la Expo llegaban turistas de toda España, pero también de la propia Sevilla, de esa periferia física y sentimental que es el territorio en el que se mueven los personajes de este libro.
Mientras una ciudad se adorna con edificios de arquitectos estrella, la otra combate el calor en pisitos con paredes de papel. En uno de ellos pasan el verano la niña Marina, Vozdevieja, como así la llaman en el colegio, y su abuela, sumidas en un espacio de libertad mucho mayor que el que les permiten los escasos metros cuadrados del piso. Hablan de romances, de maridos y amantes, o del ídolo (más sexual que ideológico) de la abuela, el entonces presidente González, de todos esos asuntos que no se consideran apropiados para los niños. Marina disfruta de ese diminuto universo de costumbres relajadas y tiempo sin horario en el que habita con su abuela, y al mismo tiempo acusa la ausencia de su madre, que prefiere mantener a la niña alejada mientras trata de vencer una grave enfermedad. Siente la cría ese bienestar que proporciona la compañía de las abuelas que nos preparan filetes empanados, pero a su vez sufre con el habitual sentimiento de exclusión de las niñas que pasan demasiado tiempo con adultos. Es consciente de una rareza que la mantiene a menudo alejada de los chiquillos de la calle. Como consuelo o vía de escape, se entrega con pasión a los cómics para adultos, a las muñecas y a unos indefinidos deseos sexuales que, como contraste a esta época en que todo lo relacionado con criaturas y sexo ha de permanecer silenciado, nos ofrecen algunas de las escenas más cómicas de la novela.


sábado, 29 de febrero de 2020

LA MADRE DEE FRANKENSTEIN de Almudena Grandes


Almudena Grandes (Madrid, 1960) inició los «Episodios de una guerra interminable» en 2010 y sus títulos, traducidos a más de diez idiomas, han cosechado, además del Premio Nacional de Narrativa del pasado año, el de la Crítica de Madrid, el Elena Poniatowska y el Sor Juan Inés de la Cruz.
En esta nueva novela, se cuenta la historia del joven psiquiatra Germán Velázquez, que vuelve en 1954 a España tras estar exiliado 15 años en Suiza, para trabajar en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid.
Allí se reencuentra con Aurora Rodríguez Carballeira, una parricida paranoica, inteligentísima, que le fascinó a los 13 años. Y conoce a una auxiliar de enfermería, María, por la que se siente atraído aunque ella le rechaza.
En 1954, el joven psiquiatra Germán Velázquez vuelve a España para trabajar en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid. Tras salir al exilio en 1939, ha vivido quince años en Suiza, acogido por la familia del doctor Goldstein. En Ciempozuelos, Germán se reencuentra con Aurora Rodríguez Carballeira, una parricida paranoica, inteligentísima, que le fascinó a los trece años, y conoce a una auxiliar de enfermería, María Castejón, a la que doña Aurora enseñó a leer y a escribir cuando era una niña. Germán, atraído por María, no entiende el rechazo de ésta, y sospecha que su vida esconde muchos secretos. El lector descubrirá su origen modesto como nieta del jardinero del manicomio, sus años de criada en Madrid, su desdichada historia de amor, a la par que los motivos por los que Germán ha regresado a España. Almas gemelas que quieren huir de sus respectivos pasados, Germán y María quieren darse una oportunidad, pero viven en un país humillado, donde los pecados se convierten en delitos, y el puritanismo, la moral oficial, encubre todo tipo de abusos y atropellos.
Una historia que transcurre «en un país humillado, donde los pecados se convierten en delitos, y el puritanismo, la moral oficial, encubre todo tipo de abusos y atropellos», indica la editorial.
Según asegura la autora en el comunicado, «La madre de Frankestein» es una novela de ficción construida sobre hechos reales: «Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora Rodríguez Carballeira, que parece un alucinante, incluso delirante, argumento de ficción»

sábado, 22 de febrero de 2020

STONER de Jonh Williams


John Williams ha construido un personaje sólidamente humano, tan humano que cualquiera podría contemplarse en su reflejo. Stoner es una novela sobre la integridad y la renuncia; una historia que consigue que te impliques, que comprendas, que disculpes y admires en la misma medida el estoicismo y las debilidades de este profesor al que es muy probable que ya me sienta vinculada para siempre. Stoner es, sin duda, un ejemplo de para qué sirve la literatura. Stoner se presenta como un canto a la dignidad de la vida, pese a sus miserias y a sus decepciones; como un himno a la belleza de los pequeños gestos; como una loa a los instantes de quietud y de paz. Su lectura reconforta tanto que obligará a los hombres y mujeres a retomar las páginas del libro en cuanto se les presente la menor ocasión. No lo tengan a mano cuando cojan el coche, o se eternizarán en los semáforos…Stoner de John Williams es algo más que una gran novela, es una novela perfecta, bien contada y muy bien escrita, de manera conmovedora, que quita el aliento.
El protagonista, dotado de considerable carga biográfica, es William Stoner, un joven taciturno criado en una granja de Missouri que marcha a la Universidad para estudiar Agricultura y poder así introducir mejoras en la granja familiar. Pero el destino, valiéndose de un singular profesor de literatura inglesa y de la emoción de un soneto de Shakespeare, le hará colgar el azadón en favor de la tiza y la pizarra. Resulta imposible describir mejor y con más austeridad el impacto del epifánico deslumbramiento que marcará la vida de Stoner, y que le llevará a renunciar al legado familiar en la granja, arriesgándose a ingresar en un “mundo en el que siempre estarás a punto de lograr el éxito pero serás destruido por tu fracaso” (p.32). Tampoco se puede describir mejor la conmovedora dignidad de unos padres campesinos que asisten a la deserción de su hijo con el estoicismo del labriego que se aviene a las veleidades del clima. La escena de la graduación es sencillamente perfecta: el lector palpa a esos padres apocados en la ceremonia de graduación de William, tan distantes ya de su hijo como éste de la tierra que contribuyó a labrar con sus manos. En España y más recientemente tal vez hayan sido Torrente Ballester y Antonio Muñoz Molina quienes mejor hayan sabido retratar la dignidad del labriego de antaño, educado en el saber de la intemperie.
Conecta la novela en este sentido con Las uvas de la ira en la que tan magistralmente plasmó Steibeck los efectos de la crisis del campo estadounidense en los campesinos. De alguna forma misteriosa, inadvertida, y pese al creciente ascenso intelectual de Stoner, su pasado labriego ha cincelado su carácter hasta convertido en una persona íntegra, en respetado maestro cuyo adaptabilidad –que no pusilánimidad- le capacita para encarar sin aspavientos emocionales la mediocridad de una existencia opaca en cada uno de sus sencillos frentes: matrimonio insípido, hija desapegada, relativo aislamiento social, rencores en el competitivo coso universitario, carrera profesional de corto vuelo, etc.
Lo más encomiable de la novela de Williams es su sencillez extraordinaria y engañosa, el alcance de una historia mínima contada con frugalidad, la de un hombre virtuoso (ahí es nada en estos tiempos) que sedimenta en el lector por su implícita clase magistral de sabiduría humana rematada en un final bellísimo. Un milagro que muchos escritores ambicionan y que pocos catan. Habrá que aguardar a que la editorial se decida a publicar más de este autor poco prolífico (ya saben, lo bueno si breve…).

sábado, 15 de febrero de 2020

MEMORIAS DE UNA DAMA de Santiago Roncagliolo



En este libro se nos cuenta la vida de un escritor peruano, que se parece demasiado al propio autor, en la situación de un inmigrante ilegal en España que lucha por unos papeles y también por publicar su primer libro. De pronto, tiene un golpe de suerte; una dama de la alta sociedad dominicana, Diana Minetti, le contrata para escribir sus memorias y así nace una crónica de la política centroamericana en CubaRepública Dominicana y Estados Unidos, en la que cambia el tono y el punto de vista capítulo a capítulo, y se mezclan las peripecias de un pobre peruano ilegal en nuestro país con los avatares de la oligarquía y los poderosos en esos países.

Unas memorias ligeras, afectadas, un poco snob, ingeniosas y muy divertidas, a ráfagas también descreídas y con una gotas de cinismo, que se leen con una sonrisa en los labios y el desconcierto de no saber a ciencia cierta qué es realidad y qué es ficción, qué partes son autobiográficas e históricas y qué partes han sido inventadas por Roncagliolo. ¿Hasta qué punto es cierto lo que se cuenta de Trujillo, de Lucky Luciano, de Batista, la CIA, el FBI y unos cuantos personajes reales? ¿Son las memorias de una dama o de un escritor peruano? ¿Fantasea Diana Minetti cuando le cuenta su vida a su biógrafo? ¿Nos engaña el protagonista de esta novela inclasificable? ¿O quizás es el autor el que nos toma el pelo como quiere?

Hay varios temas que atraviesan la novela como vetas de minerales preciosos, temas que resultan buenísimos, como la crítica y retrato del gran Mario Vargas Llosa, la descripción absurda y delirante de los pasos a seguir para que un ilegal pueda sobrevivir en España, la caricatura de un editor de primera fila, la descrpción de las fajitas de papel que publicitan un libro y mil anécdotas increíbles.

Hay tantos planos de realidad en este texto que no es fácil saber dónde está la verdad. Sin embargo, al final le queda al lector la sensación de que todo lo que se cuenta es más cierto de lo que parece y creo que Roncagliolo no va a poder visitar varios países caribeños en mucho tiempo, porque no sería muy bien recibido que digamos.

El caso es que tengo entendido que Diana es en realidad Nelia Barletta de Cates, perteneciente a una de las familias dominicanas más poderosas y el libro se ha distribuido sólo en tres países, sin publicidad, ni giras, y ya resulta difícil encontrarlo a pesar de estar puiblicado sólo hace cuatro años..

Un libro muy bien armado, posmoderno, fragmentario, caleidoscópico, curiosamente autorreferente porque en él se detalla cómo se ha escrito y además aparece un tal Santiago Roncagliolo, como un personaje más. Una novela genial, muy conseguida, con mucha enjundia, que mezcla géneros aparentemente tan dispares como la novela, el reportaje, la crónica, las memorias y la historia contemporánea


sábado, 8 de febrero de 2020

TOTALIDAD SEXUAL DEL COSMOS de Juan Bonilla



Totalidad sexual del cosmos parece un título bastante loco pero tiene mucho sentido, pues se trata de una cita literal de la propia Nahui que resulta útil para dar la medida de su pensamiento y su estética, para bien y para no tan bien: un concepto complejo, entre científico y metafísico, en parte ingenuo y en parte provocador, en todo caso ajeno a cualquier intento de resultar convencional. Su biografía es carne de narrativa: hija de un ministro defenestrado que inventó un tipo de fusil semiautomático, protagonista de algunas historias de amor que vivió con una impudicia que hoy reconocemos como un gesto político, mito erótico de su generación pero, qué sorpresa, minusvalorada como creadora… Aquí había una novela, desde luego, y también algunos debates pendientes.
En una decisión estructural inteligente, Bonilla plantea los diferentes capítulos como renovadas encarnaciones o mudas de piel de Carmen/Nahui, cuyas principales obsesiones son “dejar huella” y tensar al máximo su propia idea de libertad. En el último tercio del libro, descubrimos la verdadera naturaleza de la voz narrativa y así entendemos mejor el tono de enamorado que la caracteriza: en esas páginas, necesarias para que la novela adquiera sentido pleno, la mujer evocada deviene presencia más allá de su propia muerte. Ahora es una fotografía hipnótica, un tema de investigación, un capítulo reivindicable de la historia, e incluso una incorporación tardía al canon… Pero también, como advierte José Emilio Pacheco en un pasaje del libro, Nahui se convierte en un icono potencialmente comerciable, mitificable y banalizable. En fin, lo que podríamos llamar “el mal de Frida”, otra figura sin duda fascinante de la que el mercado, con excusas de un cinismo espléndido, no ha dejado ni los huesos.
Aquí es donde Totalidad sexual del cosmos obtiene su mayor éxito: su aproximación a Nahui es poliédrica y no renuncia a la ambivalencia, tal vez porque sabe que la memoria mal entendida se convierte en “el órgano falsificador por excelencia, un palimpsesto que lo que busca con tanta visita a un hecho cualquiera es deformarlo hasta que no quede nada de lo que alguna vez fue”. Para evitar semejante error, o al menos para preservarse de la tentación parasitaria, la novela concibe la lectura del pasado como una forma de amor, por lo tanto de respeto, y casi siempre está a la altura del planteamiento
Quizás la aportación más lúcida de Nahui Olin fuera el modo en que subvirtió los conceptos encorsetadísimos de “musa” o “modelo”, proclamando con toda la razón que era ella, y no el fotógrafo ni el pintor, la verdadera creadora de sus retratos y desnudos. Nada de objeto: he ahí, en esas imágenes, un sujeto que impone sus propias reglas y su propia poética. La lectura en clave feminista del personaje de Carmen Mondragón no es unívoca ni carece de pequeñas aristas, pero se impone de un modo claro en tanto que su historia permite hablar de las maternidades conflictivas, una sexualidad y corporalidad no subordinadas a la mirada del hombre ni a los esquemas convencionales del género, las trampas del amor-pasión y el pensamiento monógamo, y desde luego el borrado condescendiente del protagonismo femenino en la cultura (la homosexualidad de su esposo, Manuel Rodríguez Lozano, abre otras puertas no menos relevantes)


sábado, 1 de febrero de 2020

EL AÑO CERO de Ariadna G. García


El personaje principal (y la narradora) de El año cero es Minerva, una joven de 31 años, que en su juventud fue una atleta con una carrera relevante y que en la actualidad es bombera en Madrid. Minerva es la diosa de la sabiduría, según la mitología griega, y aquí Ariadna parece hacer un juego con su propio nombre clásico, que en la mitología griega siginifica “muy pura”, la mujer que ayudó a Teseo a derrotar al Minotauro.

Otro de los personajes principales de El año cero es Gezabel, una compañera de trabajo de Minerva. Antes de ser bombera, Gezabel era militar.

Atleta, bombera, militar…, como vemos, Ariadna elige para sus personajes femeninos profesiones que tradicionalmente se han considerado masculinas. Igual que ocurría en Inercia, sus personajes femeninos son fuertes, decididos y (como ocurre aquí con Minerva y Gezabel) idealistas.

En estas páginas aparecerá, por ejemplo un capitán de bomberos del que se apunta en la novela que piensa que las mujeres restan eficiencia al parque, o más tarde un jefe de la policía de antidisturbios que al quitarse el casco Minerva le espetará un anacrónico «Mujer tenías que ser».

El año cero es una novela que reivindica la presencia femenina en cualquier estrato social.

El año cero también es una historia de amor, que reivindica el amor homosexual femenino. Minerva es una mujer reservada que teme sufrir por amor. Se siente atraída por Gezabel, pero no sabe tan siquiera si ella se siente atraída por las mujeres.

En el pasado ya ha sufrido la intolerancia de terceros ante una relación homosexual, como en el caso del padre de su exnovia.

Minerva y Gezabel comenzarán una relación. Hasta ahora Gezabel pensaba que era heterosexual. «Mi familia es muy tradicional –se desahoga–. Nunca entenderían esto. Ni siquiera tengo claro que lo comprenda yo… Es que yo… yo no soy lesbiana, ¿sabes?», de dice Gezabel a Minerva. «El mundo no es blanco o negro», le contestará Minerva. En realidad, El año cero parece una novela escrita en contra de aquellos que piensan que la realidad es únicamente blanca o negra.
En una nota final se apunta que la novela está escrita entre los años 2014 y 2019. Aunque, como ya apunté, el tiempo narrativo nos remite a 2018, se plasman aquí muchos de los conflictos sociales que fueron muy relevantes entre 2008 y 2014. Por ejemplo, Minerva y uno de sus compañeros van a ser sancionados porque no quieren, como bomberos, participar en el desahucio de una familia.

Se insinúa también que más de una de las intervenciones profesionales del parque de bomberos en el que trabaja Minerva tienen que ver con suicidios motivados por problemas económicos, algo sobre lo que la prensa miente. Así que también se denuncia aquí la independencia del periodismo.

Otra de las grandes presencias de la novela es la corrupción: laboral y política. Desde puestos relevantes concedidos a dedo hasta tráfico de armas con países en guerra. Desde luego no se puede hablar en el caso de El año cero de falta de ambición, porque Ariadna nos habla aquí incluso de tramas internacionales con Yemen o Arabia Saudí.