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domingo, 29 de abril de 2018

TODOS LOS POEMAS (1975 - 2012) de Joan Margarit


Una obra completa son todos sus libros y a la vez un único poema: el que todo poeta siempre está escribiendo y que nunca acaba de terminar. Para los simbolistas el libro era más importante que el poema; para Margarit, no: para él, la poesía es «la complejidad de fondo» del poema. De ahí que los mejores suyos tengan la compacta solidez de los antiguos epigramas y que, por eso mismo, recuerden tanto la estructura del soneto; de un soneto que él ha cultivado, pero que se ha permitido metamorfosear dirigiéndolo o hacia sus orígenes –el epigrama– o hacia su desarrollo –la elegía–, que son los cauces por los que su escritura suele transitar.
La poesía para él es, sobre todo, subjetividad, pero también y, en grado no menor, enigma y misterio. Y la combinación de ambos elementos produce lo que este autor más busca: la intensidad, que, en su caso, surge de un profundo análisis de la contingencia y de una aceptación de la realidad, porque, para él, como para el Pedro Salinas de «Lo que queremos nos quiere aunque no quiera querernos», también «es amor / aquello que parece hostil».
Margarit capta lo trascendente que hay en lo cotidiano. Por eso el estilo y tono que prefiere es el propio de la lengua coloquial, rasgo este que lo acerca a Hardy y Larkin más que a Eliot y Auden, y sobre el que pivota lo que él mismo ha denominado «una inteligencia sentimental» que, en no pocas ocasiones, se aproxima mucho a lo que los latinos entendían como consolatio. Lo que explica también su serenidad y la ausencia en él tanto de histrionismo como de trucos y aparato, porque lo que el lector tiene delante es una instancia de discurso lírico que no renuncia ni a lo civil ni a lo moral, y que no pocas veces los conjuga con excelentes resultados en poemas verdaderamente memorables.
Como todos los poetas que de verdad lo son, Margarit no tiene temas sino obsesiones que son, más que los rasgos de su estilo, lo que le confiere climática unidad y que produce en el lector una hospitalaria sensación de amparo. No me refiero sólo a sus versos de ámbito doméstico, íntimo y familiar, en cuyo tratamiento lírico ha ido más lejos que nadie, sino a esas continuas inmersiones en Homero, los personajes de la Ilíada, los intérpretes de jazz, determinadas áreas de la música y del cine de posguerra, espacios y paisajes de la Cataluña urbana y rural, la isla del tesoro a la que nunca ha renunciado, los viajes en barco y en tren, las ciudades y los hospitales que constituyen su materia prima, que él somete a una honesta y despiadada reflexión, visible en sus perfectos versos gnómicos («La ironía es el sentido común de la derrota»), en los que consigue que las palabras no coincidan con el «infierno de su significado»


domingo, 22 de abril de 2018

MIS VIAJES POR EUROPA de Carmen de Burgos - Colombine


A finales de 1906 retomó su labor docente y periodística y lanzó una campaña en El Heraldo de Madrid a favor del sufragio femenino con una columna titulada El voto de la mujer. Al año siguiente, con la llegada al gobierno del conservador Antonio Maura, el ministro de Instrucción Pública Rodríguez-San Pedro la destinó a Toledo para alejarla de Madrid, según su biógrafa Concepción Núñez. Seguía volviendo a su casa de Madrid todos los fines de semana para animar la tertulia literaria que había creado a su regreso de Francia, ‘La tertulia modernista’. Aquella reunión semanal de escritores, periodistas, músicos, artistas plásticos, poetas y artistas extranjeros de paso por Madrid se mantuvo varios años y estuvo en el origen de la Revista crítica. Allí conoció a Ramón Gómez de la Serna, entonces un desconocido estudiante de 18 años, con el que mantuvo una intensa relación amorosa y literaria durante 20 años.3
Tras el desastre del Barranco del Lobo en el Rif en 1909, Carmen de Burgos decide acercarse a las tropas españolas que luchaban alrededor de Melilla. Allí ejerció de corresponsal de guerra del diario El Heraldo de Málaga. Una vez de vuelta a Madrid, publicó el artículo ¡Guerra a la guerra! en el que defendía a los pioneros de la objeción de conciencia.3
Con la proclamación de la Segunda República en 1931, la nueva constitución reconoció el matrimonio civil, el divorcio y el voto femenino, colmando así las aspiraciones de Carmen de Burgos. Se afilió al Partido Republicano Radical Socialista y fue nombrada "presidente" de la Cruzada de Mujeres Españolas y de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Iberoamericanas. Fue también elegida ‘vicepresidente primero’ de la Izquierda Republicana Anticlerical, y en noviembre de 1931 ingresó en la masonería donde fundó la logia Amor de la que era Gran Maestre.3
El 8 de octubre de 1932, mientras participaba en una mesa redonda sobre educación sexual en el Círculo Radical Socialista, Carmen de Burgos empezó a sentirse mal y fue trasladada a su domicilio donde le atendieron tres médicos, entre los cuales estaba su amigo Gregorio Marañón, pero sin éxito. Falleció a las dos de la madrugada del día 9 y fue enterrada en el cementerio civil de Madrid en presencia de los principales políticos e intelectuales de la época. Clara Campoamor, junto con varios intelectuales, pidió que se diera su nombre a una calle de Madrid. Tras la Guerra Civil y la victoria del régimen franquista, su nombre fue incluido en la lista de autores prohibidos y sus libros desaparecieron de las bibliotecas y las librerías


domingo, 15 de abril de 2018

FANTOMAS CONTRA LOS VAMPIROS MULTINACIONALES de Julio Cortázar




  La reunión de Bruselas del Tribunal Russell II había terminado a mediodía, y el narrador de nuestra fascinante historia tenía que regresar a su casa de París, donde lo esperaba un trabajo bárbaro, razón por la cual no tenía demasiadas ganas de volver; esto explicaba su tendencia a demorarse en los cafés, mirar a las chicas que paseaban por las plazas y revolotear por todas partes como una mosca en vez de encaminarse a la estación.

    Ya tendría tiempo en el tren para reflexionar sobre lo sucedido en esa dura semana de trabajo; por el momento sólo le había interesado cerrar los ojos del pensamiento y dedicarse a no hacer nada, cosa que según él merecía de sobra. Le encantaba la vagancia por una gran ciudad, deteniéndose en las vitrinas, tomándose un café o una cerveza cada tanto en lugares donde la gente hablaba de otras cosas y vivía de otra manera, y sobre todo mirando a las chicas belgas, que como todas las demás chicas de este mundo eran esencialmente mirables y admirables. Fue así como nuestro narrador pasó largas horas derivando, caboteando, orzando y anclando en diferentes lugares de Brucelas, hasta que bruscamente entre dos tragos de una ginebra y la pitada al cigarrillo que se situaba exactamente entre los susodichos tragos, se dio cuenta de algo curioso: la presencia inconfundible de una multitud de latinoamericanos en los lugares más diversos de la ciudad.

    Recapitulando (se le iba a ir el tren, pero por otra parte estaba ya a una cuadra de la estación y con un buen sprint llegaría a tiempo) se acordó de los dos dominicanos hablando animadamente en la plaza mayor, del boliviano que le explicaba a otro cómo comprarse una camisa en un supermercado del centro, de los argentinos que dudaban de la calidad del café antes de animarse con gran palmada en los hombros y entrar en un local de donde acaso saldrían agonizando. Pensó en las chicas (¿colombianas, venezolanas?), cuyo acento lo había decidido a arrimarse lo más posible, sin hablar de las minifaldas que constituían otro poderoso motivo de interés. En resumen, Bruselas parecía sensiblemente colonizada por el continente latinoamericano, detalle que al narrador le pareció extraño y bello al mismo tiempo. Pensó que una semana de trabajo en el Tribunal, donde el español había sido la lengua dominante, lo sensibilizaba demasiado a los fenómenos meramente turísticos; pero a la vez tuvo la impresión de que no era así y que hasta el aire olía a pampas, a sabanas y a selvas, cosa más bien infrecuente en una ciudad tan llena de belgas y cervecerías

 

sábado, 7 de abril de 2018

EN EL ÚLTIMO AZUL de Carme Riera


Los hechos históricos en los que se basa En el último azul sucedieron en Mallorca entre los años 1687 y 1691. El 7 de marzo de 1687, un grupo de judíos conversos mallorquines, temiendo ser detenidos por la Inquisición, decidieron embarcarse rumbo a tierras de libertad. El mal tiempo frustró su huida, fueron apresados y, finalmente, treinta y siete de ellos condenados a la hoguera en cuatro Autos de Fe, en la primavera de 1691. La novela trata de recrear cómo vivieron y murieron los criptojudíos mallorquines del siglo XVII, en un mundo en el que se entrecruzan inquisidores, aristócratas, comerciantes, campesinos, bandoleros o mujeres venales, como la inolvidable Beatriu Mas ofreciendo un amplio mosaico de acontecimientos, en cuya trama el lector queda atrapado desde las primeras páginas.
En el último azul puede considerarse la novela más ambiciosa y lograda de Carme Riera. El Premio Nacional de Literatura otorgado en 1995 a la versión original catalana no hace más que conformarlo
El tema de los chuetas ha sido tratado por historiadores, sociólogos y novelistas. El problema de la aceptación de nuevos conversos es complejo en cualquier cultura. En la española ofrece aún más retos debido a las coyunturas históricas de los diversos pueblos que habitaron en su geografía. Cristianos, judíos y árabes crearon una civilización especial, pero en ningún momento esas vivencias dejaron de ser conflictivas y problemáticas. La bibliografía sobre estos temas es amplia y conocida. La Inquisición no existió fuera de un contexto religioso, social, histórico y temporal. También fue llevada dondequiera que se extendió el dominio español, y en cada lugar fue igual en algunos aspectos y diferente en otros muchos. El mérito de En el último azul es su complejidad narrativa, su innovador uso de los procesos inquisitoriales, su rica intertextualidad y su admirable planteamiento de las cuestiones éticas que prevalecían en la época y que Carme Riera obliga a examinar como lectores activos de su obra.
Unos personajes, según confesó la autora, a los que inevitablemente tuvo que acompañar impotente hacía un final trágico e ineludible. Para ello, Carme Riera afrontó la recreación minuciosa y rigurosa de aquel momento, costumbres, caracterizaciones, lugares y lenguaje como condición necesaria para dotar al relato de verosimilitud y contundencia. Todos los detalles, anécdotas, pinceladas y expresiones están sacados de la extensa investigación documental previa en que la escritora se sumergió, porque uno de los objetivos claros de la novela es meternos con toda la intensidad posible en la irrespirable atmósfera en la que debieron desenvolverse los xuetes, creyentes o no en la religión de sus antepasados, desde que decidieron aceptar prácticas y usos católicos para evitar su expulsión.


domingo, 1 de abril de 2018

LA GRANDEZA DE LA VIDA de Michael Kumpfmüller


El hombre es Franz Kafka, la joven se llama Dora Diamant. Kumpfmüller ha reconstruido el último año del escritor, de julio de 1923 al 3 de junio de 1924, cuando murió de tuberculosis. No quedan muchos rastros de ese periodo. Parte de los cuadernos y escritos de aquellos días los quemó la propia Diamant a petición de Kafka y los que conservó se los quitaría la Gestapo. Kumpf­müller ha tenido la osadía de meterse en el interior de esa relación, con delicadeza y elegancia, para atrapar lo que duró un suspiro. El desafío de Kafka de vivir con una mujer y su precipitado final al que lo arrastra la enfermedad.
 Michael Kumpf­müller los sigue muy de cerca. Va contando lo que piensan y sienten, está atento a cada uno de sus movimientos, describe cómo pasan un largo tiempo, “fundidos en una especie de abrazo, pelvis contra pelvis, como una pareja”. Son los años veinte del siglo pasado, han pasado cinco desde la Gran Guerra, Alemania se ha llenado de refugiados del Este y muchos son judíos. La inflación es brutal. Hay hambre, hay violencia, florece el antisemitismo.
Esta es la historia de amor de un hombre de 40 años, que acaba de jubilarse y padece una grave enfermedad, y una joven de 25 que empieza a buscarse la vida. Se conocen durante unas vacaciones en Müritz, en la costa del mar Báltico. Él es torpe e inseguro, complicado: escribe un diario desde muy joven donde apunta observaciones como esta: “Soy una persona cerrada, callada, insociable y descontenta”. Ella, en cambio, es espontánea, natural, sencilla, abierta; trabaja en la colonia de vacaciones del Hogar del Pueblo Judío de Berlín. Se gustan cuando él la encuentra allí preparando un pescado, luego dan algunos paseos, se hacen carantoñas. El hombre, que viajó a Müritz para recuperarse de su dolencia en casa de su hermana, empieza a barruntar que quizá no sea aún demasiado tarde, que acaso pueda entregarse por fin a una mujer sin tantas reservas, y que quizá esa mujer sea aquella joven jovial y atractiva. Empiezan a hacer planes. Vivirán en Berlín, donde siempre quiso instalarse.