Seguidores

sábado, 16 de septiembre de 2017

RAPSODIA de Pere Gimferrer

Se ha desencuadernado por la mitad de mi vida,
como el pienso del alba se desploma en los sauces:
tiene el tacto de cuero de la noche dormida
y el corazón de hierro del pajar de la sombra.
Todo irreal: la caja de las estalactitas,
catedral de salitre con el serrín del alba,
cuando lo que viví se convierte en metáfora
y en mis manos el dije de tus nalgas es oro.
Maleza: yo he vivido de la luz de malezas,
la blonda del pasado del color del percal,
la rueda de los aires del agua de la noche
y el castillo de agujas de tus ojos de hada
que ha sellado los ojos de la torre de plomo.
Años ambiguos, años de entrecruzarme a solas
con la esgrima nocturna del zigzag de los astros,
años sin ver tus ojos en el armario a oscuras,
la caoba del aire despeinado en sus horcas.
En la laguna estigia de mi cruel juventud
era el Leteo el río de mis adolescencias,
porque cabe por siempre demorar el pasado
para no repetirse en la noche cromada.
Yo entregué el pedernal de mi vida en tus manos:
una bomba incendiaria en un pomo de flores,
una imagen de arcilla que ha cuajado en la lava.
El arquitrabe rojo que sustenta las noches
vive en la hoguera de tus nalgas rosa;
el arquitrabe negro de la luz
ha flechado los aires de tu cuerpo.
Y así viví: en la noria de un Prater de puntilla,
en el cielo de otoño: Up in the air, carátulas,
el plató de la luna desmochada en el viento.
Así viví: en un parque de atracciones
desafectado ya, como un guante vacío

domingo, 10 de septiembre de 2017

LA INSOLACIÓN de Carmen Laforet

 La insolación que supone en la vida de Martín la aparición de esos dos chiquillos libres que no se parecen a nadie, ese arrebato fuera del mundo conocido y cercano que había notado por primera vez cuando aparecieron los dos Corsi sobre el muro del jardín, aquel esplendor interno en el que Martín no pensaba, sino que llamaba simplemente “el verano”, tarda tres años en diluirse. Martín, que se ha criado con sus exquisitos abuelos paternos y que quiere ser pintor, tiene que empezar a pasar los veranos con su padre, teniente del ejército franquista, macho al uso español de la época, que al principio deslumbra al Martín adolescente con sus ideas acerca de lo que debe ser un hombre (Martín es un hombre, no es como si fuera una chica que, entonces, pobre de él si saliera a la puerta de la calle. Los hombres son libres. Si la chica se deja manosear, mejor para él, coño) y su madrastra, una mujer vulgar, supersticiosa y retorcida que lo odia. Anita Corsi, con su luz inconsciente y su fuerza, su personalidad atrevida y fulgurante, Carlos Corsi, con su belleza de efebo que resulta sospechosa en el pueblo porque es demasiado guapo, tiene en él algo que a un hombre verdadero le repugna un poco, el señor Corsi al que creen diplomático y había sido mago de circo y Frufrú, la vieja estrambótica que cuida de los Corsi y que no puede bajar al pueblo con sus atuendos extravagantes porque los niños la apedrean y el cura no la deja entrar en la iglesia, en una España en la que las ratas se comían las orejas de los niños y los niños comían boniatos asados (Laforet dixit), los Corsi, que hablan en francés e italiano y han vivido en Tierra del Fuego, Nueva York, Tánger y Venezuela, parecen estrellas de cine. Nada más contraste que los almuerzos en casa del padre y las meriendas con té en casa de los Corsi. A Martín, que pasa hambre, que tiene prohibido besar al padre porque no es de hombres o dibujar porque es de maricones, aterrizar con los Corsi, que comen ensalada de pollo y por las tardes dramatizan a Racine y cuentan historias de domadores de leones y trapecistas y reciben dinero de una Peggy estadounidense que conduce coches por estancias sudamericanas, es como aterrizar desde la Cuenca de la Edad Media en el Manhattan de 2027, lo que no quita para que a Martín muchas veces le escandalice el comportamiento de los Corsi, pobre santo. Le parece que no saben vivir entre la gente porque siguen sus propias normas y no llevan el corsé asfixiante que llevan los que viven en su propio mundo

sábado, 2 de septiembre de 2017

UNA SOLA PALABRA de Joaquín Berges

Una sola palabra es la historia de una convalecencia en la que Celia intentará rehabilitarse, volver a la normalidad después del ictus, del largo tiempo en coma y del despertar con una amnesia profunda y selectiva. También es la historia de un redescubrimiento, el de su entorno y sus hábitos, a partir del cual puede reconstruir el mundo en que ha vivido, saber quiénes son los que la rodean y, en definitiva, descubrir quién fue ella, porque ahora, definitivamente, ya es otra. Periodista, divorciada, con dos hijos, una nieta, un perro fiel y una asistenta centroamericana, Celia tiene leves recuerdos plácidos, pero en lugar de nubarrones en su vida no encuentra sino vacíos. Y con la apremiante necesidad de reconstruir su biografía y de encontrar la contra-seña con la que abrir sus escritos, Celia viajará con su hija a su casa en la playa, a Zaragoza, a París, donde sabe que fue feliz.
El periplo existencial de Celia la lleva en primer lugar a Zaragoza, a París, a Cambrils, a Daroca, y en todos estos lugares la aguardan revelaciones vitales sobre si misma que darán resolución al enigma referido en el título del libro: una sola palabra clave para acceder a su ordenador personal.
Entenderéis que para una escritora, como es Celia, la palabra clave que da acceso a su ordenador personal cobra un sentido metafórico: no es sólo una cuestión de seguridad informática sino que esa palabra es, valga la redundancia, la clave de la personalidad de Celia, el núcleo de su vida.
Resulta también destacable el elevado número de personajes que, de modo gradual, pone en escena Joaquín: comenzarán por ser su hija Paula y la aludida Rosario, pero a continuación entraran en juego su hermana, su exmarido, su editor, sus amigas, su yerno, sus familiares de Zaragoza y Daroca… Y, cómo no, su perro Charlie, un pastor alsaciano que se convierte en personaje principal, a pesar de su condición animal, porque, según declara la propia Celia, a él ni siquiera le hizo falto reconocerlo. Nada más volver de la clínica y acudir a su lado, supo que era él sin necesidad de nombrarlo.
La geografía es una de las claves de “Una palabra tuya”, como lo es también el fútbol. Joaquín Berges escribe sobre el Real Zaragoza, equipo del tío Augusto de Celia. También del Paris Saint Germain, donde jugó su amigo Lucien. Incluso escribe sobre un equipo de fútbol de Guatemala: el Deportivo Cuatepeque al cual está vinculada Rosario. Son todos ellos fragmentos de vida que Celia va descubriendo, como si mirara a través de un caleidoscopio cuyos fragmentos debe ordenar en el tiempo.

Tal como indicaba, conforme Celia va descubriendo esos fragmentos y viaja hacia el pasado remoto, la novela va desnudándose desde el punto de vista estilístico. El autor practica un lirismo apenas perceptible, una suerte de simplificación en cuanto al tratamiento de los ambientes y de los personajes que me recuerda una célebre biografía de los últimos años: “García Márquez: el viaje a la semilla”, donde el biógrafo Dasso Saldívar reconstruye Macondo a partir de la vida de Gabriel García Márquez. En este sentido podría afirmarse que “Una sola palabra” es el viaje a la semilla de la escritora Celia Ruiz Álvarez.

sábado, 26 de agosto de 2017

LA LOMA DEL ÁNGEL de Reinaldo Arenas

En 1987, a pocos años de su llegada a los Estados Unidos, Reinaldo Arenas publica la
novela La loma del Ángel, reescribiendo paródica e irreverentemente una de las grandes obras del siglo XIX cubano: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel (1882) de Cirilo Villaverde.1 En las páginas arenianas se recrea la historia de la joven Cecilia, mulata blanconaza, quien forma parte de la genealogía de mujeres descendientes de Amalia, una africana traída a Cuba como esclava,y de sus sucesivas procreaciones con hombres blancos. En estos entrecruzamientos raciales se encierra la tragedia del encuentro/ choque entre América y Europa, signado, entre otros factores, por la violación sexual, la posesión, la esclavitud y el deseo. Las mulatas comprenden, muy pronto, que su blanqueamiento, el hecho de “adelantar la raza”, les confiere cierto ascenso social. El mestizaje, entrelazado a la esclavitud y a la historia de la producción azucarera, foco principal de la novela de Villaverde–de corte realista-costumbrista con altas dosis de romanticismo–, le sirve de motivo a Arenas para echar a volar, desenfadadamente, su imaginación.
En La loma, la mulata Cecilia se enamora nuevamente de quien no sabe es su medio
hermano, hijo del padre blanco que no conoce y el cual no la reconoce como hija legítima (de ahí la locura e internamiento de su madre y el que la haya criado su abuela). La historia termina, aunque con cambios sustanciales en el desenlace, con la trágica muerte del amante-hermano Leonardo, en manos del mulato José Dolores Pimienta que, enamorado de Cecilia, ejecuta la venganza.
Arenas, en su prólogo a la recreación de la obra decimonónica, justifica este acto de
apropiación de la escritura de Cirilo Villaverde con el hecho de que su novela excede la
conocida lectura como cuadro de la época en cuyo centro está el tema racial. Según Arenas:
“La obra no es solamente el espejo moral de una sociedad envilecida (y enriquecida) por la
esclavitud, así como el reflejo de las vicisitudes de los esclavos cubanos en el pasado siglo, sino también es lo que podría llamarse ‘una suma de irreverencias’ en contra de todos los
convencionalismos y preceptos de aquella época (y, en general, de la actual) a través de una
suerte de incestos sucesivos” Arenas extiende así una invitación a su recreación de
la novela de Villaverde, evocando las pautas que han denotado su propia escritura: la
irreverencia, la parodia, la hipérbole, el desacato.
Este trabajo no pretende seguir la saga palimpséstica, buscar relaciones o
desencuentros intertextuales entre la Cecilia areniana y la de Villaverde, o buscar referentes
contrapuntísticos con las novelas antiesclavistas cubanas producidas por el círculo

delmontino.2 Más bien, retomando lo observado por William Luisv se examina la recreación que hace Arenas de la novela de Villaverde a partir de su tratamiento al tema de la raza en relación a la política racial cubana post-1959.3 Este estudio pasa entonces por alto la advertencia de Arenas para demostrar cómo la novela se instala en el espacio ideológico de la revolución con el propósito de discutir sobre identidades raciales. En sus páginas se refleja una crítica a lo pronunciado por la discursividad revolucionaria que proclamaba la erradicación del racismo y una sociedad inclusiva donde blancos y negros colaboraban armoniosamente en la construcción del socialismo.

sábado, 19 de agosto de 2017

VIVIR PARA CONTARLA de Gabriel García Márquez

De aquel viaje con su madre para vender la casa de los abuelos en Aracataca con la que se inicia el relato, cuando el autor cuenta 23 años, surgirá, sin duda, La hojarasca, pero también el embrión de una “epopeya” que se irá escribiendo y desechando hasta encontrar la fórmula con la que deslumbró al mundo literario no sólo en castellano. Hasta la página 122 no volverá a aludir a dicho viaje, recreándose en los meandros de la infancia. La clave, como sabíamos, era la recuperación de la imagen de aquella casa abandonada que ahora aparecerá desde otra perspectiva, tras el abandono de la Compañía. Pero asegura el autor que “desde la primera línea tuve por cierto que el nuevo libro debía sustentarse con los recuerdos de un niño de siete años sobreviviente de la matanza pública de 1928 en la zona bananera. Pero lo descarté muy pronto, porque el relato quedaba limitado al punto de vista de un personaje sin bastantes recursos poéticos para contarlo. [...] Pensé en diversificar el monólogo con voces de todo el pueblo, como un coro griego narrador, al modo de Mientras yo agonizo [...] pero me dio la idea de usar sólo las tres voces del abuelo, la madre y el niño, cuyos tonos y destinos tan diferentes podían identificarse por sí solos”. 

Y a raíz del viaje recobrará el nombre de Macondo, que tantas veces habría leído en su infancia. Estas cuestiones de carpintería técnica o las opiniones sobre la naturaleza de la novela no eran frecuentes en obras anteriores. Llegan, jalonando la historia de la vida del escritor, tan rica en lances pintorescos como en avatares familiares. Desde la primera línea -“Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa”- podemos establecer el paralelismo con el inicio de Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota...”. En ambos casos el papel del recuerdo es determinante, así como el de la familia. Ahora, sin embargo, la frase resulta de una simplicidad que resalta el tono oral, casi confidencial, que pretende.

Sin embargo, en Vivir para contarla se nos autoriza a adentrarnos en la relativa intimidad de la tan amplia como diversa familia, en la lucha del protagonista por convertirse en escritor, sin enfrentarse al padre que hubiera deseado que finalizara la carrera de Derecho, en las dificultades materiales de la supervivencia, en las lecturas que irán jalonando los descubrimientos de un autodidacta, el papel determinante de los amigos del “grupo de Barranquilla” y del escritor y librero catalán Ramón Vinyes, que ejercerá como guía y maestro. Cobran relevancia las figuras de los abuelos, con los que el autor vivió durante sus primeros años y, en especial, la del abuelo que confeccionaba los pescaditos de oro, piezas de artesanía poco rentables (pág. 103), que advertiremos en Cien años de soledad. Los mecanismos de la composición de la primera parte del relato no disimulan deudas literarias (Rulfo o Faulkner).

domingo, 13 de agosto de 2017

MALA GENTE QUE CAMINA de Benjamín Prado

"Esta novela surge de una sensación de injusticia; en este país, la transición lo ha tapado todo y nos hemos engañado durante mucho tiempo. Aquel acuerdo político se exportó a otros países, pero lo terrible es que antes habíamos exportado también otras prácticas más siniestras a Uruguay, Chile, Argentina...", afirma el escritor.
Prácticas como ese canje de niños, arrancados del seno de sus madres perdedoras y depositados en las casas de familias decentes. Si eran revoltosos o mínimamente rebeldes regresaban al hospicio o a esos lugares siniestros como la cárcel de Ventas, donde podían ser alimentados con gasolina hasta conseguir que sus madres se volvieran locas.
Fueron cosas que Prado comprobó un día viendo en la televisión un reportaje, Los niños perdidos del franquismo, producido por TV-3. "Hasta entonces, estaba escribiendo una novela que no tenía nada que ver con ésta que me ha salido después de enterarme de aquello". Eran métodos aprobados y alentados por los gerifaltes del franquismo, cuya misión fue limpiar España de rojos y rebeldes, y que apoyaban sus atrocidades en la seudociencia de personajes como Antonio Vallejo Nájera. "Era un tipo que creía poder demostrar que el marxismo era una enfermedad contagiosa. ¿Y qué hicieron? ¿Encerrarle por estar como unas castañuelas? No, darle la dirección del servicio psiquiátrico del Ejército".

Allí, Vallejo Nájera podía disfrutar de cuantos conejillos de indias quisiera para demostrar sus teorías alucinatorias. Pero hubo más: escritoras como Carmen de Icaza, "que se hizo cargo del Auxilio Social para poner en práctica lo de la entrega de niños, algo que sospecho no quería hacer su anterior responsable, Mercedes Sanz Bachiller"; además de otros cuyo pasado no ha logrado despojarse de su propia inmundicia con biografías rediseñadas, como Dionisio Ridruejo o José María Pemán... "Ésta es una novela contra la impunidad y los falsos prestigios también, que fueron lógicos en un país que sufrió 38 años de dictadura pero que no tienen ninguna razón de ser ya hoy".

domingo, 6 de agosto de 2017

LA GALLINA CIEGA de Max Aub

Olvidada la obra de Max Aub, tendremos que hacer un gran esfuerzo aún para olvidar su olvido. Nos lo recuerdan a menudo. Max Aub olvidado, dice uno, Max Aub preterido, dice otro, ¡puta pena que ya no se lee a Max Aub!, corean todos, at the end.
Así que me he leído La gallina ciega, de Max Aub, y os la cuento rapidito no sea que el post vaya de que se me ha olvidado La gallina ciega.
Max Aub no es un seudónimo, para empezar. El seudónimo se utiliza cuando el nombre de uno es tan vulgar que piensa uno que nadie va a ser capaz de recordarlo. Como Max Aub ya sabía que nadie se iba a acordar nunca de su puto nombre, aunque sonara a película de serie Z, así que lo dejó estar. Era entre alemán y francés, Max, o sea, todo menos español, pero se vio obligado a ser español porque sus padres lo llevaron a Valencia, por eso de enredarle las raíces.
Allí en Valencia, donde todo son vicios, Max Aub cogió el que daba menos prurito: la lite. Y escribió mil y un putos libros, de los cuales el más conocido es El laberinto mágico, y el más simpa Crímenes ejemplares.
Este La gallina ciega es un diario, de 1969, donde relata sus tres meses en España después de 30 años en México. En España no se publicó hasta 1995; en México salió en 1971. Max se murió en 1972.
Da todo mucha pena, sí.
¿Qué te parece España? Pregunta en apariencia sencilla, fácil de contestar. Esta pregunta se le aparece una y otra vez a Max Aub en La Gallina Ciega. Situemos el libro en 1969, Max Aub vuelve por primera a vez a España desde su exilio mexicano para realizar un libro sobre Buñuel. A la vez, decide elaborar un diario con unas notas que se convertirán más tarde en La Gallina Ciega. No por el juego ni por el cuadro, sino porque para él, España está empollando un huevo que no es el suyo.
A Max Aub le hemos olvidado, pienso yo, porque a)no era español, y los españoles somos muy mirados con eso de ser español para ponerte una calle, b)su obra está escrita para funcionar, y la literatura perdurable no es funcional, no ayuda al cambio ni a derribar al bajito, sino que no vale para nada, c)demasiados novelistas de hoy en día utilizan la info de las novelas de Aub para hacer sus propias novelas de mierda sobre la Guerra Civil: ¿cómo van a querer que leamos a Max Aub?

Quieren ese olvido en nuestra memoria; y ni siquiera se lo vamos a dar, la verdad