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domingo, 31 de enero de 2021

CIEN NOCHES de Luisgé Martín

 


 Lo que cuenta en una relación de pareja no ha de ser la fidelidad sexual, toda vez que la promiscuidad viene a ser natural y casi indefectible, sino la lealtad, manifestada como un estar ahí, un persistir en la convivencia. Esto es lo que, en la novela, demuestra el Proyecto Coolidge, una investigación de miles de personas financiada por el multimillonario Adam Galliger en 2017 de la que se desprende que una gran mayoría de los hombres y mujeres son infieles. Galliger,  que fue un adúltero empedernido, ha citado a una antigua amante de cuarenta años atrás, Irene, ahora convertida en investigadora privada y que es la narradora principal, para que averigüe por qué su amada esposa Harriet está como ausente, por decirlo como Neruda.

Esa subtrama, que pivota en la conversación entre los provectos Adam e Irene, se fracciona en escuetos capítulos a lo largo de la novela, mientras que la trama principal la ocupa el relato autobiográfico de Irene, que refiere su iniciación sexual y el espíritu científico que la animó, al mudarse de Madrid a Chicago para estudiar psicología, a explorar por sí misma la amplitud de la sexualidad humana hasta sus confines más oscuros. Por los mismos días que se convirtió en amante mercenaria de Adam, se enamoró del joven argentino Claudio, llamado a ser su amor verdadero. La disociación entre amor y sexo (o entre lealtad y fidelidad) auspicia que la narradora mantenga su ferviente experimentación sexual o que se prostituya —para ayudar a Claudio, endeudado a causa de su ludopatía, todo hay que decirlo—. Un hecho trágico pone fin a esa relación y activa una nueva subtrama de índole detectivesca que se resolverá de un modo rayano en lo inverosímil

En el relato de su vida, Irene, a sus 59 años o a sus 64 (hay incongruencias temporales que afectan a la edad de los personajes, a ella, a Claudio, a Adam…) enfoca aquella etapa juvenil y deja sin desarrollo sus peripecias posteriores, como sus tres matrimonios, su ejercicio de la prostitución en Madrid y Berlín o su profesión de detective. Esta elipsis acaso se justifique en que el proyecto personal de exploración sexual que ella concibió ha venido a culminar en la investigación sufragada por Gallager, lúgubremente inspirada por su deseo de saber si su esposa le ha sido infiel...




sábado, 23 de enero de 2021

EN DICIEMBRE LLEGABAN LAS BRISAS de Marvel Moreno


 

En febrero de 1987 la editorial Plaza & Janés publica su primera y sorprendente novela, "En diciembre llegaban las brisas". Supongo que la novela la escribió en París, esa ciudad que de tantas maneras puede ser antítesis y negación del universo aparentemente simple y esquemático que encarna el trópico. Trópico en el cual la obra de Marvel hundió y alimentó sus raíces y sobre el cual fundamentó sus miradas más esenciales, para entregarnos una visión- descifradora sobre esa realidad, que la fuerza trivializadora de los estereotipos nos acabó convirtiendo sólo en un mundo avasallado por el calor y la pereza, hechizado por un paisaje marino que se amplifica entre palmeras que miran con indiferencia el vegetar de los nativos bullangueros y de los silenciosos burros que desfilan en medio de una playa de lujuriosa hermosura. Y al referirnos a la novela de Marvel Moreno, parece importante detenerse un poco sobre la carga desvirtuadora que esos estereotipos aludidos acaban imponiendo sobre las complejas y cambiantes realidades que pretenden designar, pues ello, necesariamente, induce a miradas igualmente falsas y equívocas sobre la creación literaria que aspira a narrar o a recrear esos contenidos. Los estereotipos, como también la rutina mental y literaria, nos convirtieron el trópico fundamentalmente en un paisaje geográfico. El paisaje humano aparece eclipsado, a veces es nota marginal u ornamento folclórico que se incrusta sobre ese paisaje geográfico para darle más presencia o relevancia. La compleja a intensa novela de Marvel Moreno nos desbarata la fácil y frágil arquitectura de esas simplificaciones. En ese libro se cruzan y convergen multiplicidad de seres humanos bordeando y viviendo situaciones dramáticas. Enfrentados y agobiados por pasiones violentas, condenados aldesciframiento y al esclarecimiento ético de sus gestos y sus conductas. Universo de conflictos y vivencias desgarradoras, caos y sucesión de emociones que se despliegan, a veces como un divertimento y a veces como una confrontación para señalarnos que, en la vida como en la historia, el paisaje -el trópico si se quiere- es un adjetivo, un bello y cálido adjetivo, pero que lo sustantivo es la problemática humana, y en este caso, la problemática femenina (liberada también de las limitaciones castradoras de lo feminista) y entendida como sensibilidad y como "problematicidad", para darnos a través siempre de la magia seductora y sugestiva del lenguaje, una visión enriquecedora de ese mundo que a ella le perteneció como gran escenario para edificar su obra. Dentro del vacilante proceso de la literatura colombiana, la lectura de esta novela de Marvel Moreno es una lectura obligada, obligación por otra parte deleitosa para refrescar con nuevas brisas los laberintos del espíritu y de la imaginación.



domingo, 17 de enero de 2021

BERTA ISLA de Javier Marías

 


De entre las muy abundantes recurrencias o asociaciones o repeticiones que Berta Isla presenta respecto del mundo literario de Javier Marías (Madrid, 1951), no en vano existen ese mundo y su inconfundible concreción estilística, la más fértil es la de encontrar en el centro del relato, tal vez sea más exacto decir en su síntesis, la imagen congelada de una figura mirando desde un balcón, algo que ocurría en Corazón tan blanco (allí era un hombre, en el extranjero, confundido brevemente por una transeúnte que cree conocerlo y luego no) para revelarse como perfecta cristalización del acto narrativo: asomarse y que un orden se trastoque, incluso aunque sea, en apariencia, de modo trivial. También Berta Isla, la mujer que da título a esta nueva novela, se asoma a los balcones de su piso madrileño, si bien en su caso es reconocida con acierto aunque ella apenas acierte a reconocer a quienes la reconocen, y en ese deslizamiento vuelve a encerrarse toda una novela, cuya indagación en torno a la relación entre el tiempo y los hechos que suceden en el tiempo queda subrayada desde la primera frase, esta vez más circunspecta que en anteriores ocasiones e introduciendo una palabra, “duermevela”, que resume con levedad aparente la ambigua, no necesariamente perfecta ni constante, fascinación que la prosa del autor ejerce en sus mejores momentos.

Así pues, en Berta Isla hay una mujer que mira al exterior desde su casa para encontrar los rastros de su pasado sin alcanzar a reconocerlos, que cuando podría haberlos reconocido no está ahí para verlos llegar, y para quien esos rastros toman la forma de dos hombres, uno de ellos el primero en compartir con Berta un sexo fugaz, irrelevante en el fondo, el otro un acorde constante en su propia vida escogida, asumida y malograda. ¿Qué vemos desde un balcón, qué sucede cuando alargamos la mirada sobre aquello que sobrevolamos? Georg Wilhelm Friedrich Hegel lo hizo en Jena y vio a Napoleón, George Steiner lo hizo siendo niño en París y vio desfilar una manifestación antisemita, y en ambos casos esos observadores privilegiados decidieron que habían asistido a la encarnación de un concepto más que a una anécdota: la Historia en marcha, invariablemente. Los personajes de Marías, más modestos, se asoman para descubrir que no son apenas nada, que resultan indiferentes al tiempo, que hay una confusión constitutiva en sus biografías, en fin, y como reza el final de este libro, la mayoría de vidas “solamente están y esperan”. Se asoman y ven a Wakefield burlado. Pero también esa es una lección de Historia, del modo en que conspira indiferente contra quienes no podremos decidir qué vida vivir.




domingo, 10 de enero de 2021

LAS VOLADORAS de Mónica Ojeda


 

El universo mítico de lo andino tiene una presencia menos marcada que lo macabro en la colección de cuentos Las Voladoras, de Mónica Ojeda. Con la excepción de los relatos “Terremoto” y “El mundo de arriba y el mundo de abajo”, los otros seis que componen la publicación cuestionan arquetipos de lo femenino o intentan dibujar el tenue límite que separa la violencia psicológica de la real. Allí se reinterpretan mitos de la tradición europea, como las brujas, el licántropo o el Golem, a través del imaginario del páramo sudamericano. El temor a una erupción volcánica, presente en las leyendas aborígenes de la zona queda reducido a una hermosa reflexión —“los volcanes son los lagrimales de la tierra”— y a la evidencia de que amar es una forma de temblar que tienen en “Terremoto” las protagonistas, definidas por su relación y por la particularidad de vivir entre cráteres.

La omnipresente Pacha Mama, la Madre Tierra de la cordillera, no aparece o, si lo hace, es transmutada en su aspecto más terrible; como la mujer amenazadora: la arpía o la hechicera. Y es que la interpretación de lo abyecto femenino en contraste con lo peor de las sociedades patriarcales representa aquí un eje fundamental de la narrativa de Ojeda.

“Las Voladoras”, “Sangre coagulada” y “Cabeza voladora” establecen un tríptico cuyo leitmotiv es el arquetipo de la bruja. En el primer cuento, las arpías son la metáfora del maltrato. “El deseo de Dios: el misterio más absoluto de la naturaleza”, reflexiona la narradora: “Imagine ese misterio entrando a su casa y ensanchándole las caderas”. Por eso, allí proliferan las mujeres que atraviesan los cielos para desafiar las convenciones sobre le decoro. En “Sangre coagulada”, la comadrona rural de antaño se transforma en una hechicera cuyas pócimas solo sirven para curar la maternidad no deseada, porque, como escribe Ojeda: “la muerte también nace”.

Otra alegoría de la bruja aparece en “Cabeza voladora”, un cuento noir, en donde la violencia machista es más evidente. Allí, el mundo onírico de una maestra obsesionada con el asesinato de su vecina adolescente se encuentra con una comunidad de mujeres, a medio camino entre lo real y lo fantástico, que reúnen a un aquelarre en pleno entorno urbano: “Había un frenetismo impúdico en los cuerpos que sudaban y mostraban sus uñas, sus senos, sus lenguas”. La sensualidad de los pensamientos de la narradora contrasta con el asesinato de la chica y la culpa que se adjudica ella misma, sin dejar claro por qué. En todo caso, no son las mujeres, sino el padre quien emerge de las sombras como una figura monstruosa y, en este cuento, lo sangriento y la imagen de la decapitación se conectan con los símbolos en “Las Voladoras” y “Sangre coagulada”




sábado, 2 de enero de 2021

DICEN LOS SÍNTOMAS de Bárbara Blasco

 


Si una novela habla acerca de la enfermedad, es que lo hace de la muerte. Y por lo tanto, del paso del tiempo, cuyo sinónimo más inmediato, además del propio cuerpo, es la familia: nuestra doble condición de hijas y padres, o de hijas sin hijos, su naturaleza cíclica e inevitable. Estos asuntos son convocados en Dicen los síntomas, último Premio Tusquets de novela, en la que Bárbara Blasco (Valencia, 1973) nos amarra a los pies de una cama de hospital en la que agoniza en coma el padre de su protagonista. Virginia, narradora en primera persona, observa al moribundo desde el resentimiento: fuiste un padre egoísta, le dice, nos dice, que organizó a su alrededor un pequeño cosmos de mujeres cuyas relaciones son tirantes, incómodas. Hablamos de la madre de Virginia, con su retórica hecha de “giros sin señalizar” y huidas hacia delante; de su hermana impecable, satisfactoria, y siempre consentida; tal vez hablemos también de una amante.

He empezado con una lista de posibles “temas” de la novela, pese a que una buena novela nunca puede reducirse a uno o varios temas, y Dicen los síntomas lo es. Por eso, resulta muy lógico que la palabra que de verdad funciona como estribillo, escena tras escena, sea “realidad”. Quienes leemos lápiz en mano extraeremos una docena de fragmentos lúcidos alrededor del concepto. Todo el tono del libro, de hecho, es el de una conversación extremadamente íntima con una interlocutora capaz de reír a menudo para convivir con el dolor. Paso a paso, y en un sentido amplio, Blasco va construyendo un texto realista, preocupado por la identificación de lo verdadero con lo ficticio o viceversa, y atento a las señales minúsculas que emiten los cuerpos y el lenguaje (la definición de la jerga médica como un “contralenguaje, siempre reaccionario”, es de una suspicacia que reconfAl final, en una novela tan minuciosamente calculada como esta, tenemos que volver a su peculiar título: y bien, ¿qué dicen los síntomas? Para la narradora, todos ellos “pertenecen a una misma enfermedad”, y no es difícil identificar esa enfermedad con la vida o el inconveniente de estar vivo, en un libro que se complace citando a Cioran.

 ¿La realidad? Que el tiempo pasa y morimos, ¡a ver si no qué otra cosa queríamos escuchar! Por tanto, lo real aparece aquí como fatal y triste, salvo por el instante en que dos cuerpos se abren al amor. Son las dos únicas líneas del libro que pueden considerarse cursis: “nuestras realidades se levantan las faldas, traviesas”, ay. Por supuesto, el cambio es deliberado, la autora corre a conciencia el riesgo de escribir “enagua”, y usted decidirá si lo considera un logro o no.ortará a cualquier lector que haya tenido que descodificarla alguna vez).