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domingo, 20 de diciembre de 2015

HOMBRES DESNUDOSS de Alicia Giménez Bartlett



Hay un momento en que el taladro rompe la pared, y el joven profesor de literatura es despedido del colegio de monjas, y la empresaria modelo y perfecta casada ve cómo su fábrica se derrumba y su marido la deja: la economía va mal. El novelista de crímenes Jean-Patrick Manchette consideraba a la novela negra parte del realismo crítico, pero ahora el realismo crítico en general se vuelve novela negra. En la novela negra, según Manchette, no cabe otro personaje positivo que el detective, y en Hombres desnudos, de Alicia Giménez Bartlett, no hay detective, no está la comisaria Petra Delicado, aunque quizá haya crímenes: la quiebra económica se ha convertido en un estado de ánimo de inevitable siniestro total.
Javier, el profesor, cambia el aula por la cola del paro, el club de estriptis, el servicio sexual para señoras. “¿Qué es esto, La metamorfosis de Kafka? Un día te levantas y en vez de tener al lado a tu pareja tienes un bicho”, dice su novia. Eso es el paro: todos empiezan a ver con otros ojos al desempleado, incluso él mismo, en peligro de demolición como el cesante de Galdós en Miau. La millonaria en dificultades, Irene, lo que no le perdonará al marido-rata no es que huya del barco con una rata mucho más joven que ella: “Seré incapaz de perdonarle que haya hecho de mí otra mujer”. Porque un matrimonio disuelto significa que quien parecía equilibrado es todo lo contrario. Irene se transforma en otra: descubre a los chicos de alterne.

Alicia Giménez Barlett ha mezclado en un tubo de ensayo el caso del profesor despedido y el caso de la mujer abandonada, y ha añadido un reactivo: el crash económico. Lo que parecían vidas o líneas paralelas se revelan líneas convergentes que juntarán dos intermediarios, dos ángeles: un imprevisto amigo de Javier, Iván, con nombre de zar terrible, sensibilidad de bajos fondos e inteligencia y humor en estado bruto, que no entiende los remordimientos desesperados del estudiante asesino de Crimen y castigo y piensa que la dignidad es cuestión de dinero, no de trabajo; y Genoveva, cincuentona princesa de la diversión, “mujer sin ataduras” que plantó a su marido por “un chaval carne de gimnasio, guapo, joven y cutre”. Iván el pobre y Genoveva la rica comparten un modismo: “Siempre he ido a mi bola”.
Hombres desnudos fluye sobre cuatro conciencias que se cruzan, antagónicas entre sí, en primera persona, mientras la autora permanece a un lado, espectadora imparcial y sonriente de la comedia que está montando: si el cuadro de costumbres se ennegrece, el humor ilumina la negrura hasta que la violencia soterrada irrumpe como fulminantes pasos de danza. El profesor estríper ve a la millonaria “perturbada, la persona más desagradable, arisca como una alimaña”, pero añade: “Me gusta y sé que puede ser fatal como un veneno”. La millonaria fatal, Irene, corrige al profesor de literatura a propósito de La Celestina: no son el sexo y el deseo lo importante, sino las diferencias sociales entre los nobles amantes y la chusma, que usa la pasión como arma para aprovecharse de los poderosos. “La relación con Javier es como un experimento sociológico (…). Me hallo instalada en el exceso, en la anarquía. Soy feliz así”, dice en su soberanía, como si fuera discípula de Georges Bataille.


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