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domingo, 14 de febrero de 2016

GRAN GRANADA de Justo Navarro




1963: un abogado amanece muerto en un hotel, en la gran Granada gris del año de la inundación, y los suicidas le irán arrebatando a la policía el monopolio de la muerte violenta. Si la realidad fuera menos real que cinematográfica, se hablaría del caso de los solteros suicidas. ¿Cómo lo ve desde sus gafas de trece dioptrías el viejo comisario Polo, ingeniero de telecomunicaciones, visionario de la vigilancia, profeta del espionaje televisual y telefónico? Hombre de bien, saluda la futura transformación del Estado Policía en Sociedad Policía. Queriendo saberlo todo, sabe que a partir de cierto límite es mejor creer que averiguar, e indaga en unas muertes que de ningún modo pueden ser asesinatos: el jefe del Estado y su carrusel de jerarcas están a punto de desembarcar en la provincia inundada. Hay dos mujeres. Hay dos amigos íntimos, pertenecientes a lo que el más ocurrente de los dos llama el círculo homosexual: el mundo de un solo sexo, exclusivamente masculino y patriarcal, de quienes dirigen la ciudad críptica. Son los años felices de la angloamericanización electrónica y la conquista soviético-americana del espacio, el pinball y el jukebox, el origen del futuro, y los garantes de la Ley no dudan en utilizar el crimen para salvaguardar el orden.

En Gran Granada, Navarro vuelve a sus temas preferidos: la relación hijo-padre (en esta novela hija, y una frase paradigmática de un personaje: “No me gustan los padres, no quiero ser padre de nadie”), la sinuosidad moral, la fascinación por los obscuros pasados, las líneas de sombra que se ciernen como una maldición sobre la realidad (histórica y personal). Así tenemos un comisario, un oculista (llamado Federico) que tiene que disimular su condición sexual manteniendo un noviazgo con la bibliotecaria, unos crímenes y varias verdades que nunca lo parecen, pero que funcionan muy bien para que todo siga igual. Justo Navarro ha escrito una novela soberbia. Por encima del género que la sostiene. Y lo ha logrado en virtud de una lengua literaria luminosamente viva e imaginativa. Una lengua literaria que lo hace todo. Desde dibujar el perfil de ese ominoso gordo que tanto nos recuerda a los exóticos malignos de Eric Ambler hasta la sobriedad y exactitud descriptiva de Clara, esa bibliotecaria tan llena de vida sin vivir.


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