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viernes, 16 de enero de 2026

EL EXILIO INTERIOR de Miguel Salabert


 

El pequeño Ramón, alter ego de Miguel Salabert, creció en el Madrid de la posguerra junto a una curiosa corte de bohemios, vagos y maleantes. Tras el fin de las bombas y los tiros, se impuso una normalidad marcada por el hambre, la educación castradora de los curas, la sombra de un padre preso, una madre ultraprotectora y desquiciada, y sobre todo, el silencio. El silencio de aquella parte de la población que, aun cuestionándose la vida bajo el franquismo, se sentía incapaz de implicarse en la oposición política, por miedo o apatía, y optaba por un «exilio interior», una forma de autismo social. Tras las movilizaciones estudiantiles de 1956, Miguel Salabert se marchó a Francia para evitar la represión franquista y allí escribió esta obra clave de la contracultura española, cuyo título acuñó el hoy popular concepto de «exilio interior». Hoja de Lata recupera, en su versión definitiva, este referente underground de la literatura de posguerra que oscila entre la novela picaresca y el realismo social, con su retrato descarnado de aquella España de la mayoría silenciosa.

Tras las huelgas estudiantiles de 1956 Miguel Salabert se marchó a Francia para evitar la represión franquista. Allí publicó la historia de su infancia y juventud, marcadas por el hambre, la educación castradora de los curas, la sombra de una madre ultraprotectora y, sobre todo, el silencio. El silencio de quienes se sentían incapaces de implicarse en la oposición política, por miedo o apatía, y optaban por un "exilio interior". Así era el Madrid en el que vivió el joven Miguel, junto a una curiosa corte de bohemios, vagos y maleantes.Hoja de Lata recupera, en su versión íntegra y definitiva, esta obra clave de la contracultura española, cuyo título acuñó el popular concepto de "exilio interior".

Fue en 1958, cuando Salabert publicó un texto titulado «L’exile interieur» en el semanario francés L’Express. Se trataba de un número especial dedicado al malestar de la juventud europea a finales de los cincuenta. En aquel breve artículo Miguel Salabert se reconocía un hijo más del franquismo, criado y educado en la veneración al jefe de la «cruzada contra la anti-España de los rojos y los paganos» y miembro de una generación a la que, ante un presente intolerable y asfixiante, el espectáculo cotidiano de la injusticia y un envilecimiento continuado, no le había quedado otra que, a modo de defensa, replegarse sobre sí misma. Una manera de evitar el contagio. El exilio interior. Salabert se centraba en aquella juventud que, a finales de los cincuenta comenzaba a rebelarse contra el desolador panorama de un país trasformado en una auténtica prisión, sin alma y a la deriva, pero, en realidad, su artículo tenía un alcance mucho más amplio. Hablaba de todos aquellos que, escapados del paredón y sometidos a una depuración que los obligó a abandonar su profesión, habían tenido que vivir con la mordaza del miedo, ocultando su pasado o aceptando lo que viniera para no morirse de hambre. Estigmatizados y retraídos.





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